La torcida verdad de la derecha

CARACAS.—“Y tu mentira, aunque repetida mil veces, nunca será verdad”, es la segunda oración de un mensaje que Luis Almagro, secretario general de la Organización de Es­ta­dos Americanos (OEA), envió la pasada se­mana al presidente venezolano Nicolás Ma­duro. Luis Almagro (el quinto de izquierda a derecha) recibe en su oficina a asambleístas venezolanos que reclaman una intervención militar para su propio país. Foto: EFE La carta fue la respuesta airada, vestida de sensatez, que el antes canciller uruguayo dio al mandatario sudamericano, quien en uno de sus discursos denunció que Almagro era agente de la CIA y su contubernio con la derecha venezolana para someter al país a sanciones y al aislamiento regional que implica la aplicación de la Carta Demo­crática de la OEA. Replicado enseguida por la cuadrilla de me­dios que desde el New York Times hasta diarios locales hacen bulla coordinada para defenestrar contra Venezuela, el mensaje es to­do un alegato escrito en frases cortas y directas; he­rramientas de un estilo epistolar que tradicionalmente sirvió para calzar la defensa de verdades irrebatibles, apuntaladas por esa car­ga dramática de reivindicación que siempre trae la declaración en primera persona. Si obviamos un momento las acusaciones contra Maduro, el lustroso currículo enarbolado por el secretario general de la OEA —que lo autoerige como paladín de “los principios de li­bertad, honestidad, decencia, probidad pú­bli­ca, democracia y derechos humanos”—, nos si­túa de pronto ante un revolucionario Al­ma­gro que no sabemos cómo, con tal prontuario, lo­gró llegar a la cabeza de la organización multinacional más antidemocrática del continente. Dispensadora de bendiciones a dictaduras y golpes de estado, artífice ejemplar de los me­jores manuales de la injerencia, la trampa di­plo­má­ti­ca, el mercenarismo y la instigación, la OEA se ha encargado de argumentar con su propia historia por qué la institución tiene su sede en Washington. ¿Qué otro sitio mejor hay para administrar el de­nominado Ministerio de Colonias? La historia pesa y los actos desnudan las in­tenciones reales que el discurso pretende en­mascarar. Demasiadas evidencias hay de la ca­lidez afectiva con aquellos que Almagro de­fine en su carta como “su gente”; un círculo privilegiado que incluye el apellido Uribe y a va­rios diputados venezolanos, aunque las ideas de estos “no sean ni las tuyas ni las mías”, dice, en el mensaje al presidente venezolano en un alarde de imparcialidad. En la esquela prefiere obviar los nombres, mientras generaliza su clamor de libertad por los presos políticos; aunque ya exista una foto donde posa sonriente de la mano del instigador Leopoldo López, autor intelectual de las cé­lebres guarimbas que arrastraron 43 muertos consigo. Como quien lanza una cortina de humo, considera un desatino cualquier acto de “golpe de Estado en tu contra”, en tanto recibe en su ofi­cina a asambleístas venezolanos que reclaman intervención militar foránea para su propio país, exigen el aislamiento regional me­diante la aplicación de la Carta Democrática, y fuera de los plazos previstos en la ley quieren forzar la salida de Maduro. “Tú tienes un imperativo de decencia pública de hacer el referéndum revocatorio en este 2016”, ordena Almagro, a sabiendas de que si lo realizan más allá del almanaque, y logran desplazar a Maduro —aún por ver—, el obrero jefe de Estado podría no estar, pero en manos del vicepresidente seguiría el chavismo en el poder, y entonces la oposición no tendría la oportunidad de calentar —al menos por un mes y en la persona de Henry Ra­mos Allup— la silla presidencial de Mira­flores. Singulares las formas que tiene Almagro de satanizar “los golpes”. En definitiva, las verdades del uruguayo, di­chas por él, parecen ser las únicas realidades, ab­solutas e irrebatibles. Se las ha repetido tantas veces que sin dudas se las cree, sin dar posibilidad a otras que las emulen. En lo adelante, todas las afirmaciones de aquellos bajo el amparo del secretario, y de la organización “ejemplar” que representa, se­rán las únicas verdades, las democráticas, las justas, las que bendecirá su revolucionaria OEA. No importa cómo se digan ni lo que muestren los hechos. La cosa es que se digan. Es verdad, por ejemplo, que la del miércoles de la semana pasada en Caracas fue una movilización pacífica de la oposición. Lo dijo Hen­rique Capriles y la calzó el mismo día Ra­mos Allup (en periodismo, cruzamiento de fuentes): “Nadie nos apartará del camino pacífico y democrático”. La joven policía molida a palos por jóvenes violentos, ante los ojos del mundo, fue puro montaje de infiltrados del Gobierno. Eso se apuraron a decir diputados de la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) y el propio Capriles. Vaya arreglo del Gobierno con “sus agentes”, que ya los puso a todos bajo reja y los hizo declarar que fueron pagados por el mismísimo jefe de seguridad del señor Ramos Allup, presidente de la Asamblea Nacional (AN). Coromoto Rodríguez, alias el “Comisario Coromoto”, se hizo célebre en la dictadura de Carlos Andrés Pérez, también entonces como su jefe de seguridad. Fue discípulo ejemplar del otro “comisario”, el Basilio que encubrió la identidad de Posada Carriles en su tiempo de torturador venezolano, de quien aquel aprendió las más sangrientas mañas persuasivas. Ese jefe de escoltas del “pacífico y democrático” presidente de la AN, pagó la golpiza premeditada para ser pública; pero lo dice el Go­bierno, y los otros que no. ¿Quién dice la verdad? Pregúntese en la OEA. Claro, serían demasiadas las coincidencias. Jorge Rodríguez, dirigente del revolucionario Partido Socialista Unido de Venezuela repitió muchas veces la denuncia de la culpa de los he­chos contra Coromoto, el torturador de su padre asesinado en 1976, y como alcalde del municipio caraqueño Libertador fue el pri­me­ro en llegar a la residencia universitaria Li­via Gouverneur, asolada por grupos violentos de opositores el mismo miércoles de la golpiza a la funcionaria policial y otros cuatro compa­ñeros. Livia Gouverneur, estudiante entonces, ha­bía muerto en 1961, a manos de gente de la ca­la­ña del mismo torturador. Pero a juzgar por la repetición de argumentos en el afán de fabricar verdades, sean los que sean, a los ojos de la OEA el reclamo de la oposición es justo. Hay que acelerar el referendo revocatorio por encima de cualquier legalidad. Para eso recogieron “tres millones de firmas”, afirmó primero Capriles en televisión; “dos millones 600 000”, dijo después; “pero en­tregamos un millón 800 000 al Consejo Na­cional Electoral, porque no dio tiempo auditarlas todas”, sentenció al final. “Esas sí las auditamos bien, nombre por nombre, firma por firma”, apostilló su verdad absoluta, tan “contundente” que no la mellan siquiera los nombres de fallecidos, menores, extranjeros, rúbricas sin huellas o defectuosas que ya van apareciendo. En estas aguas se debate la verdad, jaloneada por todos sus costados. Pero los grandes medios, al servicio rentado de la derecha internacional, tienen conciencia de su fuerza, sa­ben del principio goebbeliano y asumen su rol reaccionario y contundente contra la Revol­u­ción Bolivariana. Eso sí, sobre Venezuela al menos, las derechas local y foránea debieran establecer algún tipo de concilio para halar de un solo lado; no vaya a ser que de tantos tirones, de tantos contrasentidos, la verdad se les tuerza demasiado y parezca al final una sarta de mentiras descaradas que no le sirvan, ni al mis­mísimo Almagro, para su “nueva y salvadora” visión de una OEA insalvable y deca­dente.
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