El Nuevo Gabinete de Santos: Cartas Marcadas

Autor: Sebastián Marlés 



Paz y mermelada

El gobierno de Santos ha tenido como tarea restablecer el equilibrio de las instituciones que rompió el gobierno mafioso y paramilitar de Uribe del cual fue Ministro de Defensa. Lo necesita para que funcionen los negocios de las transnacionales y los grandes empresarios criollos. Por eso se ha propuesto como tarea principal terminar el conflicto armado que ha desangrado al país durante medio siglo. En ese propósito, a pesar de los inevitables tropiezos, altibajos y vaivenes, ha avanzado hasta hacer prácticamente irreversible la firma de un acuerdo con las FARC y ahora con el ELN. Más temprano que tarde los guerrilleros entregarán las armas y se integrarán al juego de la recortada democracia electoral colombiana. Es cuestión de paciencia y un poco de tiempo. Su plan obtuvo el respaldo de todos los sectores burgueses que se sumaron a la llamada Unidad Nacional y le dieron una holgada mayoría parlamentaria para ir aprobando todas las adecuaciones institucionales y las contrarreformas sociales, a cambio de ministerios, puestos en el aparato burocrático estatal y cuotas presupuestales. Es la llamada “mermelada”. Con esa mayoría ha mantenido bajo control a la oposición burguesa, liderada por Uribe –apretándola además con procesos judiciales y el chantaje de abrirles otros–, y a la izquierda reformista parlamentaria, encabezada por el Polo-Moir de Clara López y Jorge Robledo.
Pero, al mismo tiempo, Santos tiene que mantener satisfechos a los grandes capitalistas. Y es allí donde enfrenta hoy un grave problema. La crisis económica mundial ha afectado drásticamente sus ganancias y las finanzas del Estado. La contracción abrupta de la economía y sus efectos en el empleo y el nivel de vida de amplios sectores de la población más pobre y la clase media, han bajado hasta el sótano los índices de popularidad del gobierno. El uribismo ha aprovechado esa situación para ganar las calles y utilizar el viento a favor de la derecha que recorre el mundo, preparándose para recuperar el poder en 2018 mientras presiona por condiciones más onerosas para la integración de la guerrilla al régimen y mayor impunidad para sus propios crímenes. Todas estas variables las tuvo en cuenta Santos en el recambio ministerial.



Guardia presidencial

Como evidencia de la continuidad de su política, Santos mantuvo en sus cargos a los ministros más importantes. El de Hacienda, Mauricio Cárdenas, premiado como el mejor de América Latina, sigue garantizando los planes de fondo (TLCs, reforma tributaria, financiación de los planes de infraestructura, remate de las empresas rentables del Estado), a pesar de estar investigado por el negociado de Reficar. En Salud, Alejandro Gaviria, sigue representando los intereses de las EPSs privadas y los monopolios de medicamentos. Defensa sigue a cargo de Luis Carlos Villegas, empresario de confianza del imperialismo. Y así los demás ratificados. La columna vertebral del gabinete siguió a cargo del círculo de incondicionales de Santos.
Los reemplazos tuvieron como objetivo vincular a politiqueros regionales que empiecen a preparar el respaldo a los acuerdos de paz (vía referendo o plebiscito), la aplicación de los planes de control territorial necesarios para cuando se desmovilicen definitivamente los insurgentes y tratar de remontar la caída de la popularidad del presidente en la provincia. El paro armado de las llamadas bacrim, y la ofensiva de amenazas, atentados y asesinatos de dirigentes y activistas sindicales, populares y de derechos humanos, son un anticipo de lo que viene con el llamado posconflicto.
Santos también procuró respetar la repartija del presupuesto al tiempo que restringe el protagonismo de Cambio Radical, pues el vicepresidente Vargas Lleras no es un confiable sucesor presidencial, al que de todos modos le preservó el Ministerio de Vivienda, ahora en manos de Elsa Noguera, exalcaldesa de Barranquilla.
La cuota de mujeres en el gabinete, lo mismo que el toque afro con el nuevo Ministro de Medio Ambiente, Luis Gilberto Murillo, sirve de apariencia progresista a lo que no es más que una gavilla de neoliberales al servicio de los sectores más voraces del capital. Los nuevos ministros y ministras serán el eslabón con la clientela política de las regiones y los administradores al detal de la “mermelada” que se necesita para mantener la gobernabilidad y tratar de neutralizar al uribismo.

La traición fue clara

Capítulo aparte merece el nombramiento de Clara López Obregón en el Ministerio de Trabajo. Más allá de los apetitos burocráticos personales de Clara —quien ya había demostrado hasta dónde era capaz de llegar al servir de guardaespaldas a la corrupta alcaldía de Samuel Moreno en Bogotá—, su nombramiento es la integración de la izquierda reformista al gobierno neoliberal de Santos. Esa izquierda le prestó un servicio invaluable a Santos con el respaldo electoral que le brindó en la segunda vuelta presidencial y con la camisa de fuerza que le ha impuesto a la movilización. Hace ya un año el Comité Ejecutivo de Fecode levantó el paro más importante que ha realizado el magisterio en los últimos años, facilitando la imposición de la política educativa de Santos, agenciada por Gina Parody, Ministra recién ratificada. El ingreso de Clara al gobierno no es más que la culminación de la misma política.
Los trabajadores no tenemos nada que esperar de este nuevo gabinete. Santos y todos sus ministros, incluida Clara López, son nuestros enemigos. Contra ellos y las políticas que agencian debemos procurar unir fuerzas en la preparación de un verdadero paro nacional.
Liberales: oposición preventiva

Liberales: oposición preventiva

Inconformes con la repartija ministerial, el partido Liberal anunció su retiro de la Unidad Nacional. En realidad, las altisonantes declaraciones  de César Gaviria y Horacio Serpa son un distanciamiento preventivo del principal partido burgués, en caso de que los planes de Santos no logren contener la inconformidad social y la protesta popular vuelva a cuajar. La importante jornada de protesta del 17 de marzo, a pesar de haber sido contenida por la burocracia sindical, fue un síntoma del represado descontento popular que, a medida que se agrave la situación social, puede ser canalizado por el uribismo, una opción de derecha similar a las que se preparan para retomar los gobiernos en otros países de América Latina, como ocurrió con Macri en Argentina, avanza en Perú con Keiko Fujimori, tiene contra las cuerdas a Maduro en Venezuela y está a punto de derribar a Dilma Roussef en Brasil; y se manifiesta también en los países imperialistas, como el sorprendente ascenso de Donald Trump en la elecciones yanquis.
Por esa razón el partido Liberal se prepara también para postularse como recambio del santismo, sin renunciar a ninguna de la cuotas burocráticas con las que el presidente ha premiado su apoyo político.
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