domingo, 16 de octubre de 2016

Libro 'López, sus demonios, amores y batallas políticas' ofrece una faceta inédita del expresidente.

Alfonso Lopez Miquelsen
Pocas cosas revelan tanto el carácter de una persona como sus cartas privadas; esas páginas que van dirigidas a sus amores, a su familia, a sus amigos. Mucho más si están escritas a mano. En ese caso, cada trazo, cada temblor de una palabra más otra, puede ser la radiografía del estado de ánimo.

Del ex presidente Alfonso López Michelsen se ha oído y leído mucho. Uno de los jefes liberales más importantes de la historia colombiana; el político del “mandato claro”; el intelectual que cuando hablaba “ponía a pensar al país”.

Decenas de textos han intentado su biografía y explicado su influencia política. Sin embargo, el libro que acaba de publicarse, López, sus demonios, amores y batallas políticas, lo revela desde un ángulo particular
. Deja ver a un López que duda de su futuro, se decepciona del amor, se confronta con su padre, el presidente Alfonso López Pumarejo.

Esta ventana a un López íntimo no podía venir de mejor fuente que la de su propia pluma: el libro reúne la correspondencia que cruzó con las personas más cercanas en su vida, su madre, su padre, su esposa. “Sumergirse en el universo de Alfonso López Michelsen, a través de su correspondencia, fue una aventura extraordinaria”, dice en el prólogo la periodista Diana Sofía Giraldo, directora editorial del libro.

Y es una aventura, sí.

Leer sus cartas es una forma de conocer al hombre detrás de sus poderosos apellidos. La correspondencia publicada inicia cuando López, de 19 años, regresa a Bogotá tras estudiar su bachillerato en Europa. Está aturdido en una ciudad que desconoce. Le escribe a su mamá, María Michelsen. Le reporta sobre su vida social, le pregunta con insistencia sobre su salud.

“Bogotá, 25 de abril

Mi vieja querida,

(…) Quiero decirte, desde ahora, que desde mi llegada he tenido muchos desengaños y que tú también los tendrás; que uno llega con muchas ilusiones, con mucha novelería con mucha virtud y acaba lamentablemente en los cafés; que aquí no hay ocupación distinta de tomar trago y calumniar, recibir personas aburridas y rendirles pleitesía a las Valenzuelas, a los Sotos y a todos los chorizos Suárez”.

Su madre, en París, recibe decenas de cartas en las que su hijo le da detalles de cómo es su vida en Bogotá. Con una caligrafía uniforme, en tinta azul o negra, le cuenta de sus lecturas y le pide que renueve sus suscripciones a las revistas literarias francesas. Entre los autores que empiezan a marcarlo aparece con fuerza Marcel Proust y En busca del tiempo perdido. “La obra de Proust, al fijar como ninguna otra mi identidad, me sirvió para adquirir una renovada confianza en mí mismo”, escribe.

Porque confianza en sí mismo, en las ideas que rondan su cabeza, le faltó en ciertas etapas de su vida, sobre todo tras el rompimiento con su primera novia, Lucía Salazar. López, que cursaba Derecho en la Universidad del Rosario, abandonó la ciudad y viajó a Chile, en medio de una crisis nerviosa y con la intención de ordenar sus sentimientos. Tenía 22 años. En Santiago, se matriculó en una escuela prestigiosa para seguir sus estudios y comenzó una terapia psicoanalítica con el doctor Fernando Allende Navarro. El tiempo vivido allá coincidió en buena parte con el primer periodo presidencial de su padre.

“Diciembre 15 de 1935

Mi querido papá,

(…) Para satisfacción tuya te contaré que el gobierno de Colombia tiene una excelente posición y renombre en todo el continente; la política oficial es conocida por algunos intelectuales...”.

Y también le decía:


“(...) Yo no sé. Vivo en una confusión que ya no puedo apreciar si las cosas que me suceden son el curso normal de la vida o si solo a mí me ocurre que lo que en un momento fue el escenario de mi vida se está desbaratando y cada día que avanza me hace sentir más solo… (…) Por lo demás, en la base de todo esto no hay sino una sola cosa: mi pasión por Lucía. Es algo que me domina, que me arrastra, que me vence en una forma indescriptible”.


Las cartas con su padre tienen menos ternura que las que intercambia con su madre. Sin embargo, están cargadas de ideas políticas y admiración mutua. También aparece la voz fuerte de un padre por el que López sentía respeto inmenso.

“Bogotá, marzo 6 de 1936

Mi querido Alfonso:

Por el cable te recomendé que procuraras no inquietar a María con tus cartas. Tú la conoces demasiado para que necesite explicarte el estado de ánimo en que la dejas con los cuadros de desesperación o vencimiento en que pareces aficionado a presentártele. Es un hábito de la familia Michelsen, que tú observabas en Fernando el año antepasado, de tomar la vida por los menos alegres de sus ángulos…”.

Poco a poco, López supera la pena de amor, suspende el tratamiento psicoanalítico y se concentra en su carrera profesional. El libro también publica algunas cartas dirigidas a su novia Lucía, con quien siguió escribiéndose durante muchos años, ya como buenos amigos. “Ni tú ni yo hubiéramos sido felices casados en el estado al que habían llegado nuestras relaciones”, le escribió en 1997.

La compañía serena que tanto buscaba la encontró en una mujer que se volvió la “piedra angular” de su vida, como al propio López le gustaba definir a Cecilia López Caballero. Se conocieron cuando no tenían ni 20 años y desde entonces se cruzaron cartas. Una buena parte del libro está consagrado a esa relación que empezó como una amistad –ella en París, él en Londres, donde terminó su bachillerato–, siguió en noviazgo, también a distancia –él en Washington donde hizo un posgrado– y después en matrimonio. Se escribieron decenas de cartas que guardaban con recelo, y en las que mantenían la costumbre de no tutearse.

(…) “Novia querida, siento que soy siempre excesivamente circunspecto. Como que no me sale ese “tú” que no ha mediado nunca entre los dos y que tenemos reservado para la luna de miel”, le dice en una carta.

Se casaron el 23 de octubre de 1938 en Colombia –regresó contrariando la voluntad de su papá, que lo veía más tiempo en Estados Unidos– y vivieron la “larga vida juntos” que tanto anticipaba López en su correspondencia. Ella fue la compañera de una carrera que, si bien empezó en la academia y en la literatura (con la publicación de su novela Los elegidos), terminó, como todos lo pronosticaban, en la política.

El libro continúa con las cartas desde Ciudad de México, país al que llegó exiliado después del incendio y el saqueo de la casa bogotana de su padre en 1952.

“Mi querida Cecilia:

(…) Decirle que me hace falta, lo mismo que los niños, no es poco. Doy vueltas en la cama y siento una cosa que yo no había conocido hasta ahora, que es la ausencia física”.

Al tiempo que le escribe a su esposa, mantiene una correspondencia constante con su padre (que primero le responde desde Colombia y luego desde Inglaterra, adonde llegó como embajador), en la que analizan en detalle cada paso de la realidad política del país.

“México D.F., 1953

Mi querido papá:

(…) La situación de Colombia también va buscando su propio cauce inesperado. Me parece que las guerrillas son cada vez más numerosas, más fuertes y menos liberales, en el sentido de que no tienen color político sino un subido acento de lucha de clases”.

Así siguen sobre temas como la creación del MRL, el futuro político de López hijo, la salud de López padre. El libro, lleno de detalles especiales de diseño, de facsímiles de algunas cartas y de fotos desconocidas, cierra con la correspondencia de principios de los años 60. Son 300 páginas dedicadas a un López Michelsen que no conocíamos.



Tomado de. http://www.eltiempo.com/politica/partidos-politicos/libro-sobre-lopez-michelsen/15629947
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