lunes, 19 de diciembre de 2016

INTERNACIONAL En defensa de la revolución rusa

Noche del 25 de octubre de 1917 (7 de noviembre en el calendario gregoriano). Los regimientos dirigidos por el Comité Militar Revolucionario de Petrogrado cercan el Palacio de Invierno, sede del gobierno de Kerensky. Exigen la rendición de los batallones que aún lo defienden. Prácticamente sin resistencia, los soldados se rinden.

Autor: Eduardo Almeida
En aquella misma noche se instala el Congreso de los Soviets, aún con el rugido de las batallas. En la sesión del día siguiente, aparece Lenin. Según Victor Serge: “Ni bien apareció, lo envolvió una aclamación inmensa. Esperó tranquilo a que terminase, paseando la mirada por aquella multitud victoriosa. Y luego, apoyando ambas manos en el pupitre, sus anchos hombros ligeramente inclinados hacia el auditorio, con sencillez, sin un ademán, dijo: ‘Damos comienzo a la tarea de construir la sociedad socialista’.”

Una insurrección obrera acababa de cambiar la historia de Rusia y de todo el mundo: la revolución rusa, que en 2017 conmemora 100 años.
Por primera vez la clase obrera tomó y ejerció el poder, mostrando que la dominación de las clases dominantes no es una “decisión divina”, un “hecho natural”. El poder de los soviets se mostró como un ejemplo revolucionario de otro Estado, diferente de todos los conocidos hasta entonces.
El partico bolchevique se hizo una referencia mundial para la vanguardia de las luchas. Los partidos obreros socialdemócratas se rompieron en todo el mundo, con sus alas izquierdas golpeando a las puertas de la III Internacional. Ocurrió en aquellos años una reorganización política revolucionaria del proletariado nunca más vista en la historia.
Esos tiempos fueron borrados de la memoria de los trabajadores de todo el mundo. Hoy, lo que es reproducido en todos los momentos es la identidad de la revolución rusa con el estalinismo.
Esa es una falsedad histórica, la sustitución de la revolución rusa por la contrarrevolución política que transformó el régimen obrero en una monstruosidad burocrática.
Recordar lo que fueron los siete primeros años de esa revolución es, así, muy importante. Pero para eso es necesario remover la gruesa camada de polvo de la propaganda imperialista y estalinista.
Revivir la fantástica experiencia de un nuevo poder, un nuevo Estado. Una democracia mucho más amplia que cualquier democracia burguesa existente.
Algunas verdades sobre la revolución rusa
La revolución rusa derribó un Estado burgués y construyó otro, proletario. Se trataba de una experiencia inédita en la historia.
Los dos meses de existencia de la Comuna de París fueron largamente estudiados por los bolcheviques, que de allí sacaron conclusiones fundamentales para su victoria en 1917. Pero la Comuna duró solo dos meses. Ahora, se trataba de tomar el poder y mantenerlo. Fue lo que ocurrió en los siete primeros años de la revolución, una experiencia histórica riquísima y fascinante.
El nuevo Estado se apoyaba en los consejos (soviets). Los soviets locales era la base de ese poder, directamente ligados a los trabajadores de las fábricas, en los lugares de trabajo y vivienda.
El objetivo fundamental era vincular las actividades cotidianas de las masas con los problemas fundamentales del Estado, de la economía. Así, buscaban evitar que la administración de esas cuestiones fuesen privilegio de una burocracia aislada de las masas. Los mandatos podían ser revocados en cualquier momento, los cargos públicos eran electos, los salarios de los funcionarios no podían ser mayores que los de un obrero medio.
En la democracia burguesa, las masas votan cada 4 o 5 años, individualmente, y el representante electo hace lo que quiere hasta las próximas elecciones. En la república soviética, los trabajadores debatían cotidianamente los asuntos de Estado, elegían a sus representantes, que podían ser revocados en cualquier momento.
Los representantes eran elegidos directamente: en las ciudades, un representante cada 25.000, en los campos cada 125.000. Todos podían elegir y ser elegidos, menos los burgueses. Existía plena libertad para los partidos presentes en los soviets. Eso incluía los que estaban en el gobierno (bolcheviques y socialistas-revolucionarios de izquierda en un primer momento), y también los mencheviques y socialistas-revolucionarios de derecha, hasta que ellos pasaron a la lucha armada contra la revolución y fueron ilegalizados.
Al contrario de la democracia burguesa, que divide el poder (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) para que la burguesía pueda maniobrar y decidir en las sombras, el poder de los soviets era global y directo. Los consejos discutían, decidían y aplicaban directamente sus resoluciones.
Los representantes de los soviets locales se reunían en los soviets regionales, que también elegían representantes para el Congreso de los Soviets, siempre con revocabilidad en todo momento.
Los trabajadores rusos discutieron y decidieron en sus soviets los rumbos de la economía, de la paz y de la guerra (incluyendo el trato de Brest-Litovsk), la organización del Ejército Rojo.
Eso no tiene nada que ver con la democracia burguesa que es en realidad una dictadura del capital. La burguesía controla las grandes empresas y puede financiar las campañas electorales de los partidos de la “situación” y de la “oposición”. La burguesía controla los medios de comunicación (TVs, diarios, canales de internet) y puede influenciar directamente la opinión pública.
El pueblo vota, pero no decide nada. Gane quien gane, la burguesía es la ganadora. Aunque sean elegidos los partidos reformistas (como el PT, Syriza o Podemos), ellos ya están domesticados y de acuerdo con los planes de la burguesía.
Es por eso que entra un gobierno, sale un gobierno, [pero] los planes económicos neoliberales se mantienen iguales. Una oposición es elegida para cambiar los planes económicos y después mantiene la misma cosa. Solo de allí a 4 o 5 años, el pueblo va a votar de nuevo, para ser nuevamente engañado.
En la revolución rusa, los burgueses fueron expropiados y los recursos del país fueron puestos a disposición de los trabajadores. Lo que pesaba en la discusión era la fuerza de las ideas y no del capital. Los partidos burgueses (siempre que no defendiesen la lucha armada contra el régimen) podían candidatearse, pero no tenían tras de sí la fuerza del dinero.
Ese control de los representantes desde los lugares de trabajo y vivienda eran la mayor expresión de esa democracia obrera.
Esa es, también, la mejor manera de evitar la plaga de la corrupción, presente en todos los otros Estados. Si no existe control de la base y revocabilidad de los representantes, no existe posibilidad de evitar la corrupción.
Como Lenin decía, comparando la democracia burguesa con el régimen soviético: “La burguesía gusta calificar de ‘libres’, ‘iguales’, ‘democráticas’ las elecciones hechas en esas condiciones para ocultar que la propiedad de los medios de producción y el poder político siguen en manos de los explotadores y por eso no se puede hablar de libertad efectiva, igualdad efectiva para los explotados, o sea para la inmensa mayoría de la población” (Democracia y Dictadura).
Ese nuevo Estado era, como todo Estado, una dictadura. Solo que una dictadura del proletariado, de los trabajadores y no de la burguesía. Aseguraba amplia democracia para los trabajadores, y también su defensa como Estado contra los ataques inevitables de la burguesía y del imperialismo.
Eso tuvo una expresión militar durísima. El nuevo Estado fue atacado por todos lados, por el ejército blanco y por tropas de 14 países, incluyendo las mayores naciones imperialistas. Y venció.
Incluso en esas condiciones de guerra civil, fue el régimen más democrático para la clase obrera y para el pueblo que la historia jamás conoció.
No por casualidad, de esa libertad, de esa efervescencia, nació un arte incitante, crítico y muchas veces genial, que marcó la historia en varios terrenos. No existía ningún arte “oficial”, en la medida en que el Estado y el partido bolchevique se negaban categóricamente a eso. Solo aseguraban los medios para que todas las corrientes floreciesen.
En el cine, Eisenstein y Dziga Vertov quebraron la narrativa lineal hollywoodiana. Maiakovski y Alexander Blok rompieron las reglas de la poesía. En las artes plásticas, Malevitch y su suprematismo reflejaba la ebullición europea del surrealismo, expresionismo y futurismo. En las palabras de Maiakovski: “Sin forma revolucionaria no hay arte revolucionaria”.
La revolución rusa fue también la demostración histórica de que solo así se puede derrotar radicalmente las opresiones. La lucha de las mujeres tuvo un avance histórico con el derecho al divorcio, al aborto y al salario igual al de los hombres, mientras los restaurantes, lavanderías y guarderías comunitarias atacaban las bases de la esclavitud del trabajo doméstico. Todas las leyes contra los homosexuales fueron abolidas junto con la legislación zarista. El casamiento entre homosexuales fue aprobado por las cortes soviéticas. La opresión sobre las nacionalidades de la Rusia zarista se transformó en una unión libre, la URSS.
La expropiación de la burguesía y la planificación de la economía provocaron el mayor cambio ya visto en la historia económica. La URSS, uno de los países más atrasados de Europa y de Asia, se transformó el país con un desarrollo de la economía que ningún otro país tuvo, en algunas decenas de años.
Ese hecho desenmascara la ideología de la “ineficiencia de las estatales”, una de las bases de la política privatizadora del neoliberalismo. La propiedad privada de las grandes empresas, al buscar la ganancia, trae miseria para los trabajadores, la anarquía en la producción y las crisis cíclicas. La combinación entre la estatización de las grandes empresas y la planificación de la economía posibilitaron un avance gigantesco de la URSS.
Incluso después de la contrarrevolución estalinista, las ventajas de la economía estatizada y planificada todavía se imponían. En el decir de Trotsky: “Ya no hay necesidad de discutir con los señores economistas burgueses: el socialismo ha demostrado su derecho a la victoria, no en las páginas de El Capital sino en una arena económica que constituye la sexta parte de la superficie del globo; no en el lenguaje de la dialéctica son en el del hierro, del cemento y de la electricidad”.
Uno de los ejemplos más categóricos de eso es el contrapunto de la evolución de la URSS con la del capitalismo durante su mayor crisis, la de 1929. Mientras el mundo capitalista enfrentaba su mayor depresión, con retrocesos de muchos países entre 20% en el PIB anual, la URSS creció su industria a 16% por año entre 1928 y 1940.
Esa es la verdad histórica, que fue suprimida de la memoria de los trabajadores de todo el mundo. Eso es lo que queremos restablecer en la conmemoración del centenario de la revolución rusa.
¿Bolchevismo y estalinismo son la misma cosa?
Los bolcheviques siempre depositaron todas sus esperanzas en la revolución internacional y, en particular, europea. La revolución rusa consiguió quebrar la cadena capitalista en su eje más débil, la Rusia atrasada. Pero la estrategia socialista presupone la planificación internacional de la economía y no el “socialismo en un solo país”. Solo el desarrollo de las fuerzas productivas en escala internacional puede dar las bases materiales para el avance en dirección al socialismo.
El socialismo es internacional por naturaleza, y solo puede triunfar definitivamente derrotando al capitalismo en escala mundial.
No obstante, la revolución fue derrotada en Alemania en 1919, y en Hungría. En el ’23, nueva derrota en Alemania, y en el ’27 en China. La revolución rusa quedó aislada.
Por otro lado, el proletariado ruso tuvo que enfrentar y derrotar los ejércitos de los mayores países imperialistas. Pero pagó por eso un precio caro, con buena parte de los obreros (y en particular de su vanguardia) muerta en los campos de batalla.
El aislamiento mundial no permitió que esa economía pudiese avanzar más allá de cierto punto. El proletariado, desgastado por la pérdida de sus mejores combatientes, no pudo sostener el régimen creado en 1917. Del propio proletariado nació la burocracia, que se aprovechó del reflujo de la revolución mundial y del aislamiento de la revolución rusa para “asaltar” el poder.
El atraso económico ruso generó tendencias burocráticas, que fueron desarrolladas, en la genial imagen de Trotsky: “La autoridad burocrática tiene como base la pobreza de artículos de consumo y la lucha de todos contra todos que de allí resulta. Cuando hay bastantes mercancías en el almacén, los parroquianos pueden llegar en cualquier momento; cuando hay pocas mercancías, tienen que hacer cola en la puerta. Tan pronto como la cola es demasiado larga se impone la presencia de un agente de policía que mantenga el orden. Tal es el punto de partida de la burocracia soviética. “Sabe” a quién hay que dar y quién debe esperar.
A primera vista, la mejoría de la situación material y cultural debería reducir la necesidad de los privilegios, estrechar el dominio del “derecho burgués” y, por lo mismo, quitar terreno a la burocracia, guardiana de esos derechos. Sin embargo, ha sucedido lo contrario: el crecimiento de las fuerzas producidas ha ido acompañado, hasta ahora, de un extremado desarrollo de todas las formas de desigualdad y de privilegios, así como de la burocracia.”
La contrarrevolución estalinista cambió completamente el régimen de los soviets. La democracia interna fue suprimida en el partido bolchevique y después en los soviets. La vieja guardia bolchevique fue presa y, en su mayoría, asesinada. Muchos fueron juzgados en los “procesos de Moscú” y fusilados. Trotsky fue asesinado en el exilio, en 1940. Toda y cualquier oposición en el soviets pasó a ser perseguida y aniquilada.
El ambiente artístico dejó de ser libertario y polémico, al imponerse una censura estúpida y reaccionaria. El “realismo socialista” se tornó el “arte oficial”, en realidad, una pieza de propaganda del régimen. Filmes, carteles y cuadros ultrarrealistas exaltaban al pueblo, el trabajo… y a Stalin. Maiakovski se suicidó en 1930, Malevitch murió abandonado en 1935.
Las conquistas contra las opresiones fueron frenadas. La URSS se transformó de nuevo –como en la Rusia zarista– en una “prisión de los pueblos”.
La III Internacional dejó de ser una palanca para la revolución mundial y se transformó en un brazo obediente de la burocracia soviética, hasta ser disuelta por Stalin en 1943, como demostración de buena voluntad con el imperialismo.
La propaganda imperialista gusta de igualar estalinismo y bolchevismo, en lo que es ayudada por todo el aparato estalinista. Esa es una maniobra ideológica esencial para apagar los primeros años de la revolución rusa.
Sin embargo, el estalinismo fue el agente y la expresión de la derrota de la revolución. Solo se impuso a través de una verdadera guerra civil. La dictadura estalinista masacró a más de 700.000 personas, comenzando por la mayoría del Comité Central (CC) que dirigió la revolución de 1917.
La restauración del capitalismo fue la última gran traición del estalinismo
El estalinismo fue el mayor aparato contrarrevolucionario en el interior del movimiento obrero de toda la historia. Tenía la autoridad usurpada de la revolución rusa y una enorme suma de recursos por el control del aparato del Estado de la URSS (y después de los otros Estados obreros burocratizados). Podía convencer o corromper a gran parte de la vanguardia que surgía en todo el mundo.
La ideología oficial del estalinismo combinaba la construcción del “socialismo” en la URSS (“socialismo en un solo país”) con la coexistencia pacífica con el imperialismo. Eso llevó a grandes derrotas de los procesos revolucionarios.
La dirección ya estalinizada de la III tuvo responsabilidad en la derrota de la revolución de 1923 en Alemania y de 1927 en China. Después, el estalinismo facilitó la victoria de Hitler en Alemania al negarse a la política de frente único en el llamado “tercer período” ultraizquierdista. Hizo un giro a la derecha para la política de los frentes populares (coaliciones con las burguesías “progresistas”, táctica nunca más abandonada), llevando a la derrota de la revolución española.
En la posguerra, Stalin determinó que los PCs de Francia e Italia entregasen el poder a la burguesía que había tenido su poder destruido con la derrota del nazi-fascismo. Así, el estalinismo posibilitó que el imperialismo sobreviviese en el centro de Europa.
Los reflejos sobre la economía del Estado obrero ruso enseguida se hicieron sentir. El fracaso de la estrategia del “socialismo en un solo país” era evidente. En un primer momento, esos límites fueron relativos, posibilitando aún un gran crecimiento de la economía. Pero luego se transformaron en absolutos.
Al no extenderse la revolución mundial, la economía rusa quedaba más y más sometida al control del imperialismo. El mismo Trotsky, que evalúa la superioridad de la economía planificada soviética, en una previsión genial afirma:
“ El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el período dedicado a introducir en la Unión Soviética los elementos más importantes de la técnica capitalista. El trabajo de imitación, de injerto, de transferencia, de aclimataciones, se ha hecho en el terreno preparado por la revolución. Hasta ahora, no se ha tratado de innovar en el dominio de las ciencias, de la técnica o del arte. Se pueden construir fábricas gigantes según modelos importados del extranjero por mandato burocrático, y pagándolas, es cierto, al triple de su precio. Ahora bien, cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad, que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación.
Tras el problema de la calidad se plantean otros, más grandiosos y complejos, que se pueden abarcar bajo la rúbrica de la acción creadora técnica, cultural e independiente. Un filósofo antiguo sostuvo que la discusión era la madre de todas las cosas. En donde el choque de las ideas es imposible, no pueden crearse nuevos valores.”
La economía de la URSS y de los otros Estados obreros burocratizados entraron en decadencia en la década de 1960 del siglo pasado. Progresivamente, las burocracias fueron profundizando los lazos de dependencia económica de esos Estados con el imperialismo, en particular por el mecanismo de la deuda externa. Junto con eso fueron poco a poco introduciendo reformas económicas con más y más elementos de mercado en esas economías.
Los trabajadores cada vez más descontentos se rebelaron contra las dictaduras estalinistas. Las revoluciones políticas en Alemania (1953), Hungría (1956), Checoslovaquia (1968) y Polonia (1980) pusieron al estalinismo en una fuerte crisis. Pero esas revoluciones fueron derrotadas por la represión directa de las tropas de la URSS o de las burocracias estalinistas.
La burocracia, al final dejó de lado planes parciales de reformas y avanzó para la restauración del capitalismo en esos países. Las burocracias comandaron el proceso de restauración desde los Estados, comenzando por Yugoslavia, en la década de 1960, China hacia finales de los años de 1970, y en la URSS con la posesión de Gorvachov en 1985-1987.
Los levantes ocurridos en la URSS y en el Este europeo en la década de 1990 se dieron ya contra la caída brutal del nivel de vida (rebaja salarial, hiperinflación, desabastecimiento, especulación desenfrenada) determinada por la restauración del capitalismo. Las masas se enfrentaron con las dictaduras estalinistas, que ya en aquel momento comandaban Estados burgueses. El aparato mundial del estalinismo acabó siendo derrotado por la acción de la masas.
La restauración del capitalismo fue la última traición del estalinismo a causa del proletariado mundial. El imperialismo se aprovechó de eso para lanzar la gigantesca campaña de que el “socialismo murió”, igualando estalinismo y socialismo. Esa campaña busca mostrar el capitalismo como única alternativa para la humanidad y la democracia burguesa como el objetivo general de todos los pueblos.
No obstante, la crisis económica mundial de 2007-2008 estremeció la ideología neoliberal. Cada día que pasa revela más y más la verdadera cara de la explotación capitalista. Existen claros aspectos de barbarie en la realidad cotidiana.
Socialismo o barbarie
La mayoría de los trabajadores opina que una revolución socialista hoy es imposible. Nosotros queremos recordar la frase de Trotsky: “La revolución es imposible… hasta que se torna inevitable”.
Los trabajadores hoy se enfrentan con fuerte caída de sus salarios, la precarización de la mayor parte de la fuerza de trabajo (solo un cuarto con empleos estables), pésimas condiciones de salud y educación públicas. Ya no está presente, ni siquiera en los países imperialistas, la expectativa de ascenso social del pasado.
El planeta, en pleno siglo XXI, vive una profunda decadencia económica, cultural, moral y ecológica. Los refugiados por las guerras llegan a 60 millones de personas; el desempleo dejó de afectar a una minoría de la población que el capitalismo usaba como “ejército industrial de reserva” para alcanzar a poblaciones enteras. La mitad de los habitantes son pobres y miserables. Una nueva crisis recesiva mundial se anuncia en el horizonte.
La violencia contra las mujeres, negros y homosexuales alcanza niveles absurdos. Existen claras señales de barbarie en la periferia de cada una de las grandes ciudades del mundo. El calentamiento global amenaza el futuro del planeta.
Al llegar el centenario de la revolución rusa, una conclusión se impone: más que nunca, la disyuntiva que existe es: socialismo o barbarie. O el proletariado retoma el ejemplo de la revolución rusa, o el capitalismo conducirá inevitablemente el mundo hacia la barbarie.
Junto con los elementos crecientes de barbarie, se profundizan las señales de inestabilidad económica y política en grandes partes del planeta. Existe una polarización social, económica y política creciente, que puede provocar nuevos procesos revolucionarios.
Los reformistas dicen que una revolución socialista no es posible porque “no está en la conciencia de las masas”. Nos gustaría recordar las palabras de Lenin sobre este tema, en polémica con los reformistas de aquella época:
“Pero cuando se trata de apoyar y desarrollar ahora la efervescencia revolucionaria que comienza entre las masas, entonces Axerold responde que esa táctica de las acciones revolucionarias de masas ‘aún tendrían alguna justificación si estuviésemos inmediatamente en vísperas de una revolución social, como ocurrió, por ejemplo, en Rusia, donde las manifestaciones estudiantiles de 1901 anunciaban la aproximación de batallas decisivas contra el absolutismo’. Pero en el presente momento, todo esto es una ‘utopía’…”.
“El inefable Axerold olvida simplemente que en 1901 en Rusia nadie sabía ni podía saber que la primera ‘batalla decisiva’ tendría lugar cuatro años más tarde –no olvide: cuatro años más tarde– y no sería ‘decisiva’. Y no obstante, solo nosotros, marxistas revolucionarios, teníamos razón en esa altura: nosotros no ridicularizamos a los Kritchevski y los Martinov, que apelaban inmediatamente al asalto. Nosotros solo aconsejábamos a los obreros a expulsar de todas partes a los oportunistas y a apoyar, intensificar y alargar con todas sus fuerzas las manifestaciones y otras acciones revolucionarias de masas. La situación actual en Europa es perfectamente análoga: sería insensato apelar al asalto “inmediato”. Pero sería vergonzoso autodenominarse socialdemócrata y no aconsejar a los obreros a romper con los oportunistas y consolidar, profundizar, alargar e intensificar con todas sus fuerzas el movimiento revolucionario y las manifestaciones que se inician.  La revolución nunca cayó del cielo ya pronta, y en el inicio de la efervescencia revolucionaria nunca nadie sabe si esta conducirá y cuándo a una revolución ‘verdadera’, ‘auténtica’.”
Lenin escribió estas palabras poco menos de dos años antes de la revolución de octubre, cuando luchaba en posición absolutamente minoritaria contra los partidos socialdemócratas que capitulaban a las burguesías imperialistas en guerra.
No estamos profetizando ninguna revolución socialista en pocos años. Evidentemente, falta un largo camino para la construcción de una dirección revolucionaria con influencia de masas sobre el proletariado, como fue el partido bolchevique. Estamos polemizando con los reformistas que hacen de todo para atrasar la conciencia de los trabajadores y después argumentan con el “atraso en la conciencia” para decir que la revolución es imposible. Con el mismo método leninista, defendemos el estímulo a las luchas directas de los trabajadores y que ellos rompan con esas direcciones reformistas.
Aprender de la revolución rusa…
Para nosotros, la revolución rusa es más que un hecho histórico, aunque notable. Es una referencia sobre qué hacer para cambiar el mundo.
La mayoría de lo que van a conmemorar el centenario de la revolución de 1917 van a referirse a ella como un hecho del pasado, casi una reliquia. Para nosotros es un modelo para la acción.
Los bolcheviques estudiaron profundamente la Comuna de París para poder asumir el desafío de hacer una revolución en Rusia. Tenemos que estudiar la revolución rusa, aprender de sus aciertos y errores, caso, como queremos, un día esté propuesto reeditar una nueva revolución socialista.
No tenemos ninguna pretensión en este artículo inicial, de asumir ese desafío. Nuestro objetivo es otro, el de instigar a todos los revolucionarios a hacerlo colectivamente.
Solo queremos en este momento tocar apenas dos temas, de las muchas enseñanzas de la revolución rusa. La primera es la de la lucha de los bolcheviques contra los reformistas. La segunda es de cómo la revolución rusa casi fue derrotada por la democracia burguesa.
Sin combatir el reformismo es imposible avanzar para la revolución
Lenin decía que sin superar la influencia política del reformismo sobre la clase obrera, es imposible la victoria de la revolución.
Esa evaluación leninista es opuesta a una comprensión muy común entre los activistas. Muchos piensan que la “izquierda” es una especie de familia que incluye sectores más a la izquierda y otros más a la derecha. Pero todos serían parte de la misma familia.
Lenin opinaba lo opuesto. Los reformistas son los representantes de la presión de la burguesía sobre el movimiento obrero. Sin que los trabajadores rompan con el reformismo, la revolución es imposible. Eso no significa dejar de lado las tácticas necesarias de unidad de acción y frente único en el movimiento de masas. Pero ellas deben estar al servicio de disputar la dirección de las luchas y la conciencia del movimiento de masas contra los partidos reformistas.
La experiencia de la revolución rusa demuestra eso. Los reformistas mencheviques y socialistas-revolucionarios tuvieron la mayoría en los soviets durante buena parte del año 1917. Durante todo ese período se recusaron a romper con la burguesía y tomar el poder. Persiguieron y arrestaron a dirigentes bolcheviques. No concordaban con terminar la guerra, no expropiaron las tierras a los latifundistas. Solo cuando los bolcheviques consiguieron mayoría en los soviets fue posible tomar el poder y hacer la revolución rusa.
Trotsky sintetiza bien nuestra comprensión sobre el reformismo:
“Las tres tendencias del movimiento obrero contemporáneo –reformismo, comunismo y centrismo– derivan inexorablemente de la situación objetiva del proletariado bajo el régimen imperialista de la burguesía.
El reformismo es la corriente surgida de los estratos superiores y privilegiados del proletariado, que refleja sus intereses. Especialmente en algunos países, la aristocracia y la burocracia obreras conforman una capa muy importante y poderosa con una mentalidad que en la mayoría de los casos es pequeñoburguesa en virtud de sus condiciones de existencia y formas de pensar; pero deben adaptarse al proletariado sobre cuyas espaldas se encaramaron. Los más elevados de estos elementos llegan al poder y bienestar supremos por los canales del parlamentarismo burgués. (…) La etapa imperialista de la evolución, que agrava constantemente las contradicciones, frecuentemente obliga a la burguesía a transformar a los principales grupos reformistas en verdaderos activistas de sus monopolios y maniobras gubernamentales.
Esta es la característica del nuevo –y mucho mayor– grado de dependencia de los reformistas respecto de la burguesía imperialista y le da un sello mucho más particular a su psicología y a su política, haciéndolos aptos para tomar directamente el timón de los asuntos del Estado burgués. A esta capa superior de “reformistas” es a quienes menos se aplica la frase “no tienen nada que perder sino sus cadenas”. Todo lo contrario: para todos estos primeros ministros, ministros, intendentes, diputados y líderes sindicales, la revolución socialista significaría la expropiación de sus posiciones privilegiadas. Estos cancerberos del capital no protegen únicamente la propiedad en general, sino principalmente su propiedad. Son los enemigos encarnizados de la revolución de liberación del proletariado.” (¿Qué es el centrismo?, 1930)
Hoy el reformismo ya no defiende como en el pasado una “vía parlamentaria para el socialismo”. Defiende simplemente reformas dentro del capitalismo por vía electoral.
Al llegar al poder, la socialdemocracia compone gobiernos burgueses, que aplican rígidamente los planes neoliberales de la burguesía. Ese fue el camino seguido por la socialdemocracia europea, el PASOK griego, y el PSOE español, que llevaron a esos partidos a crisis enormes.
Para ocupar el espacio político dejado por la crisis de la socialdemocracia, surgen nuevos partidos reformistas como Syriza (Grecia), Podemos (Estado español), PSOL (Brasil) y Frente Amplio (Costa Rica). Esos partidos tienen la misma estrategia parlamentaria de la socialdemocracia.
La experiencia de Syriza en el gobierno griego es bien ilustrativa. Después de electo para contraponerse a los planes de la Unión Europea, después de un plebiscito en que el pueblo griego repudió esos planes, Syriza aplicó el plan neoliberal más duro ya vivido por el país.
El PT brasileño también repitió el camino de la socialdemocracia, comandando gobiernos burgueses por trece años en el Brasil. Eso provocó la ruptura de la mayoría de los trabajadores con ese partido. Cuando el PT perdió su base entre los trabajadores, la burguesía que había cogobernado con el PT, derribó su gobierno por el impeachment.
El PSOL, un nuevo partido reformista, se presenta buscando ocupar el espacio abierto por la crisis petista. Fue parte del campo burgués alrededor del gobierno petista, apoyando el gobierno “contra el golpe de la derecha”. No existió ningún golpe. Existieron dos campos burgueses (el de la oposición burguesa de derecha y el del gobierno petista) con el PSOL y todo el reformismo alineado con uno de ellos.
Marcelo Freixo, uno de los mayores exponentes del PSOL, al presentarse para las elecciones municipales de Rio de Janeiro, presentó el “Compromiso con Rio”, un texto semejante a la “Carta a los brasileños” de Lula en 2002, en que se comprometía a respetar todos los contratos hechos con la burguesía, de “equilibrio fiscal”.
El reformismo –el viejo y el nuevo– cumplen en el siglo XXI el mismo papel de brazos de la burguesía en el movimiento de masas. La enseñanza de la revolución rusa se mantiene: sin derrotar el reformismo, no existe posibilidad de victoria de la revolución.
Democracia burguesa y revolución
Trotsky tiene un famoso texto, llamado “Lecciones de Octubre”, en que justamente llama a los activistas a estudiar la revolución de octubre. En este libro, él toca un momento clave en que la revolución estuvo al borde de perderse.
En setiembre, poco menos de un mes antes de la insurrección de octubre, el Comité Central bolchevique se dividió sobre la política para el Pre-parlamento. Según Trotsky: “Ya vimos cómo los derechistas concebían el desarrollo de la revolución: los soviets transferían progresivamente sus funciones para las instituciones calificadas (municipalidades, zemstvos, sindicatos y, finalmente, Asamblea Constituyente), abandonando, por eso mismo, la escena política. Por la vía del Pre-parlamento, el pensamiento político de las masas debería encaminarse para la Asamblea Constituyente, coronación de la revolución democrática.
Ahora, los bolcheviques ya estaban en mayoría en los soviets de Petrogrado y de Moscú; nuestra influencia en el ejército crecía día a día. Ya no se trataba de pronósticos ni de perspectivas sino de la elección de la vía por la cual sería necesario encaminarse”.
O sea, los mencheviques reformistas apuntaban el camino de la disolución del poder dual en las instituciones de la democracia burguesa, apuntando para el Pre-parlamento y la Constituyente. El ala derecha del CC bolchevique defendía ese camino y llegó a ser mayoría en este tema. Solo la presión abierta de Lenin consiguió girar el CC y forzar a los bolcheviques a abandonar el Pre-parlamento. Poco más de un mes después, tomaban el poder.
Esa, lamentablemente, no fue la suerte de la revolución alemana de 1919. El fin de la guerra y la derrota alemana trajeron una crisis brutal al país, con la caída de la monarquía y la posesión de un gobierno socialdemócrata. Consejos obreros se generalizaron en Alemania. No obstante, el primer congreso de los consejos de obreros y soldados, en diciembre de 1918, votó (por 344 a 98 votos) contra la moción de dar a los consejos el más alto poder legislativo y ejecutivo, y mantener el sistema de los consejos “como fundamento de la Constitución de la República socialista”. Al contrario, votó por la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Allí comenzó a ser derrotada la revolución.
Para los que aún creen que revolucionarios y reformistas son una “familia”, aunque con “diferencias”, es bueno recordar que el gobierno socialdemócrata alemán mató a Rosa Luxemburgo y a Karl Liebknecht en 1919.
La democracia burguesa fue usada para desviar la revolución y derrotarla innumerables veces desde entonces. Fue así con la revolución portuguesa de 1974-1975 y con la revolución en América Central a finales de la década de 1970.
Esta se tornó la principal política del imperialismo a partir del gobierno Carter en los EEUU, y fue fundamental para desviar las revoluciones en América Latina a inicios del siglo XXI, en el Ecuador, Bolivia y la Argentina.
La presión de la democracia burguesa sigue afectando fuertemente a la izquierda en este momento. El acuerdo de paz entre las FARC y el gobierno colombiano es parte de eso. Es parte del mismo tipo de acuerdo que llevó a las direcciones guerrilleras de Nicaragua y El Salvador a la integración en la democracia burguesa.
¿El socialismo es una utopía?
Muchos trabajadores creen que el socialismo es apenas una utopía. No ven cómo la humanidad podría alcanzar ese nivel. Eso hace recordar un pasaje de Trotsky:
“La base material del comunismo deberá consistir en un desarrollo tan alto del poder económico del hombre que el trabajo productivo, al dejar de ser una carga y un castigo, no necesite de ningún aguijón, y que el reparto de los bienes, en constante abundancia, no exija –como actualmente en una familia acomodada o en una pensión “conveniente”– más control que el de la educación, el hábito, la opinión pública. Hablando francamente, es necesaria una gran dosis de estupidez para considerar como utópica una perspectiva a fin de cuentas tan modesta.
El capitalismo ha preparado las condiciones y las fuerzas de la revolución social: la técnica, la ciencia, el proletariado. Sin embargo, la sociedad comunista no puede suceder inmediatamente a la burguesa; la herencia cultural y material del pasado es demasiado insuficiente. En sus comienzos, el Estado obrero aún no puede permitir a cada uno “trabajar según su capacidad”, o en otras palabras, lo que pueda y quiera; ni recompensar a cada uno “según sus necesidades”, independientemente del trabajo realizado. El interés del crecimiento de las fuerzas productivas obliga a recurrir a las normas habituales del salario, es decir, al reparto de bienes según la cantidad y la calidad del trabajo individual.
“Marx llamaba a esta primera etapa de la nueva sociedad “la etapa inferior del comunismo”, a diferencia de la etapa superior en la que desaparece, al mismo tiempo que el último espectro de la necesidad, la desigualdad material (Trotsky, La revolución traicionada).
Hoy, el desarrollo de las fuerzas productivas ya posibilitaría terminar con el hambre en escala mundial. Eso ya sería un avance cualitativo en todo el mundo.
Pero aún estaríamos abajo de las necesidades de los trabajadores, que van mucho más allá de la comida. Las necesidades varían de acuerdo con la propia evolución de la técnica. Según Trotsky: “Es cierto que la URSS sobrepasa, actualmente, por sus fuerzas productivas, a los países más avanzados del tiempo de Marx. Pero, en primer lugar, en la competencia histórica de dos regímenes, no se trata tanto de niveles absolutos como de niveles relativos: la economía soviética se opone al capitalismo de Hitler, de Baldwin y de Roosevelt, no al de Bismarck, Palmerston y Abraham Lincoln. En segundo lugar, la amplitud misma de las necesidades del hombre se modifica radicalmente con el crecimiento de la técnica mundial: los contemporáneos de Marx no conocían el automóvil ni la radio ni el avión. Una sociedad socialista sería inconcebible en nuestros tiempos sin el libre uso de todos esos bienes.”
Actualizando a Trotsky, una sociedad socialista hoy sería inconcebible sin el libre uso de smartphones y de computadoras. Pero también es innegable que el desarrollo de las computadoras, de la internet y de los medios de comunicación facilitan mucho la administración de las empresas y de las instituciones. Una república apoyada en consejos soviéticos hoy podría con más facilidad incorporar a las masas trabajadoras en el control del Estado y de la sociedad.
Somos realistas… por eso somos revolucionarios
Nos acusan, muchas veces, de no ser “realistas” por defender una revolución. Queremos decir que exactamente por ser realistas defendemos una revolución socialista como la rusa de 1917.
¿Qué defienden los “realistas”? En general defienden el camino de las reformas del capitalismo, en alianza con sectores “progresistas” de la burguesía por las elecciones. Pero, ¿eso es ser realista? ¿Qué cambios se consiguen a través de estos medios?
Ese fue el camino intentado por los reformistas. Muchos tuvieron esperanzas en el reformismo del PT, de cambios por dentro del Estado, por elecciones. Quien fue cambiado por el Estado burgués fue el PT, hoy un partido más que aplica el neoliberalismo e incorpora la corrupción de todos los partidos burgueses.
Otros tuvieron esperanzas en el nacionalismo burgués del chavismo, llamado socialismo del siglo XXI. De socialista, Chávez no tenía nada. Era un nacionalismo burgués que se negaba a enfrentar el imperialismo y avanzar para el socialismo. Miremos la situación actual de Venezuela.
El mismo camino está siendo seguido con el nuevo reformismo de Syriza en Grecia, y puede ser recorrido con Podemos, el PSOL y el Frente Amplio.
No es ese nuestro camino. Defendemos el ejemplo de la revolución rusa. El “realismo” de los nuevos y viejos reformismos no lleva a ningún cambio de fondo, ninguna ruptura con el capitalismo. Esa sí es una utopía, una utopía reaccionaria.
Las masas trabajadoras están luchando en muchas partes del mundo. En Medio Oriente, Europa y América Latina, planes neoliberales cada vez meas duros obligan a los trabajadores a salir a la movilización. Los trabajadores derrocan gobiernos, pero muchas veces surgen otros iguales o aún peores.
La opresión brutal de dictaduras como la siria obliga a los pueblos a una lucha heroica. Los palestinos se enfrentan contra el Estado nazi-fascista de Israel.
El camino realista de la revolución es muy difícil, lleno de idas y vueltas. Muchas derrotas, pocas victorias. Pero es el único camino posible.
Solo a través de la movilización revolucionaria de la clase obrera y demás sectores explotados podremos un día acabar con el capitalismo, con la miseria, el hambre, el desempleo, todo tipo de opresión, con los pésimos servicios de salud y educación para los trabajadores, como hizo la revolución rusa.
Para avanzar en ese sentido, es necesario superar la crisis de dirección revolucionaria, o sea, el predominio de las direcciones reformistas y la debilidad de las direcciones revolucionarias.
Nuestro mayor homenaje a la revolución rusa es seguir su ejemplo hoy. Y transformar lo imposible en posible.

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