Periodista
En la política, los discursos se disfrazan de solemnidad, pero basta observar con atención para descubrir que detrás de cada traje y cada promesa late un instinto animal. La escena pública es un zoológico donde los protagonistas se autoproclaman tigres, jaguares, palomas o camaleones, mientras los micos saltan entre leyes y comisiones.
El tigre y el jaguar rugen con ímpetu, convencidos
de que su ferocidad basta para dominar la selva del poder. Sin embargo, sus
rugidos suelen perderse en el eco de promesas incumplidas, más cercanos al
espectáculo que a la acción. La paloma, símbolo de paz, se queda atrapada en
negociaciones interminables, incapaz de levantar vuelo. El camaleón, por su
parte, no engaña a nadie: cambia de color según la ocasión, se acomoda a la
conveniencia y sobrevive gracias a su habilidad para mimetizarse.
Y en lo alto de los árboles legislativos, los micos
hacen de las suyas: pequeños añadidos que se cuelan en proyectos de ley,
travesuras disfrazadas de artículos, saltos oportunistas que favorecen
intereses particulares.
La sátira revela lo que la ciudadanía percibe: que
la política es un ecosistema donde cada especie busca sobrevivir, aunque sea a
costa del bien común. El problema no es la diversidad de animales, sino que el
zoológico se ha convertido en circo, y los ciudadanos, espectadores
involuntarios, deben soportar las acrobacias de quienes deberían gobernar con
seriedad.
Reírse de esta fauna es también un acto de
resistencia. La risa desnuda la farsa, devuelve perspectiva y recuerda que el
poder, por más solemne que se presente, sigue siendo un teatro de instintos.