¿Por qué Clara López debería ser alcaldesa de Bogotá?





Lo que llama la atención de Clara Eugenia López Obregón no es su palmarés académico, que habla por sí solo, ni los cargos que ha ocupado a lo largo de su vida política, ni su ascendencia familiar. Lo que llama la atención de esta mujer que aspira a dirigir los destinos de una de las ciudades más complejas del país es su hablar pausado, sus gestos moderados que remiten necesariamente a esos personajes literarios que piensan con mesura cada una de sus palabras, cada acto de su vida. Estudió economía en Harvard, la misma universidad que le otorgó en 1978 un doctorado honoris causa al gran vate argentino Jorge Luis Borges y vio pasar por sus aulas a un muchacho delgado llamado Thomas S. Eliot. Y como creyó necesario conocer de cerca los  entramados jurídicos de un país cuya Constitución Política había sido escrita para ángeles, según lo expresó en alguna oportunidad el autor de Los miserables, estudió derecho en la Universidad de los Andes.

No hay duda de que su corazón ha latido siempre a otro ritmo. Que si en Colombia existiera la monarquía, afirmó alguien, ella tendría un título nobiliario. Pero seguramente lo mandaría al carajo. Y ese acto de rebeldía habría ocasionado una erosión en el núcleo de una familia profundamente conservadora como la suya. No olvidemos que por los lados de su madre una rama del árbol genealógico toca las raíces del maestro Alejandro Obregón y por los de su padre está presente la dinastía López, la misma que ha dado dos presidentes de la República.

Ella, sin embargo, se situó en el lado opuesto del espectro político familiar. Y aunque es una mujer que podría ostentar de su ascendencia, cuentan sus amigos más cercanos que nunca ha hablado ni manifestado interés alguno por desempolvar los abolengos. Por lo general es una señora tranquila y cariñosa, pero no falta el Francisco Santos que le vuele la piedra y le saque un "vete al carajo”. Ama a los animales. Desde muy pequeña tenía lo que en términos retóricos se denomina “la chispa adelantada” y un corazón que se desvivía por ayudar a aquellos que no tenían nada. Ese acto simple y desinteresado le trajo más de un problema, pues no parecía encajar en un entorno donde la señora del servicio no podía entrar por la misma puerta por donde entraban los dueños de casa.

Cuentan que cuando se fue a estudiar a Estados Unidos, dejó muy clara su posición política. No se trataba de una moda, como muchos interpretaron los movimientos de contracultura estadounidenses de los 60, ni de afinidad con el hipismo que protestaba en las calles de San Francisco y la Costa Oeste, que protestaba en Nueva  York y Washington por las políticas intervencionistas del Tío Sam. No. 

Para ella era tan importante la salida inmediata de Estados Unidos de Vietnam por las miles de vidas que se perdían a diario, como la libertad de Nelson Mandela en la Sudáfrica regida por el apartheid. En el fondo, fue siempre una disidente de la política tradicional y una defensora a ultranza de los Derechos Civiles y Humanos. Y si es cierto que estuvo vinculada al Movimiento Revolucionario Liberal creado en 1974 por Alfonso López Michelsen, también lo es el hecho de que este fue sólo una oportunidad para conocer los mecanismos de la política por dentro. Luego pasó a ser parte de esa otra disidencia que inició Luis Carlos Galán Sarmiento con el Nuevo Liberalismo y que estuvo a punto de llevarlo a la Casa de Nariño si no hubiera sido por las balas de los sicarios de Pablo Escobar Gaviria.

En 1986 se vinculó a la Unión Patriótica y poco después tuvo que buscar refugio en el exterior cuando los agentes del Estado, coordinados desde el B2 del Ejército Nacional, acabaron con las vidas de casi 4.000 miembros de esa colectividad y pudieron acabar con la suya. Sin embargo, es consciente de que ante la adversidad es necesario mantenerse firme. Sabe por experiencia que es más difícil nadar contra la corriente que a favor de esta. Que en el país del Sagrado Corazón la derecha que representa el Centro Democrático no hace diferencia entre la izquierda que echa plomo en el monte y la que echa discursos en las tarimas. Que el conservadurismo más extremo y religioso de este país siempre utilizará como arma enrostrarle el hecho de ser parte de la izquierda política colombiana.

Por eso, por la época en que Francisco Santos, según Salvatore Mancuso, le propuso crear un bloque paramilitar en la capital de la República, Clara López Obregón denunciaba ante la Corte Suprema de Justicia la infiltración de organizaciones de extrema derecha, armadas hasta los dientes, en órganos del Estado como la Fiscalía, el DAS, la Procuraduría y, por supuesto, el Congreso de la República. El mismo Mancuso le daría la razón cuando declaró años después desde su sitio de reclusión en Estados Unidos que el 70 % del Senado y la Cámara de Representantes eran amigos suyos, todos colaboradores de las Autodefensas Unidas de Colombia para la refundación del país y cercanos al entonces presidente Uribe.

Ha expresado sin temor que de lo único que se arrepiente en su vida política es haberle dado el aval del Polo Democrático a Samuel Moreno Rojas. “Nos equivocamos como partido al escogerlo […], pero esa no puede ser una condena eterna. Yo creo que ha sido una excusa más para estigmatizarnos”, declaró en una entrevista poco después de inscribir su candidatura a la Presidencia de la República del 2014.

Cuando digo que Clara López Obregón tiene mucho de esos personajes rebeldes de la literatura, hago referencia a ese relato borgeano que lleva por título 'Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)', incluido en el volumen de historias maestras que componenEl Aleph. “Cualquier destino –nos dice Borges-, por muy largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Esto lo comprendió Clara López desde cuando tenía 14 años y fue enviada a estudiar a Washington. Comprendió que de nada valía ser rico si se estaba rodeado de miseria. Por eso, como Tadeo Isidoro Cruz, decidió dar un paso hacia la otra orilla, pero sobre todo, “acatar al ser que llevaba dentro”.

Creo profundamente que una persona que ha estado dispuesta a sacrificar su bienestar por el bienestar de otros no sólo debería tener la oportunidad de dirigir los destinos de una ciudad como Bogotá, sino también las riendas de un país tan complejo como Colombia. No tengo duda de que ella lo merece.
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