Columna
de opinión
El
progresismo con horizonte frente a las derechas sin brújula
En la política colombiana actual se ha abierto un contraste que merece ser analizado con rigor. Mientras Gustavo Petro insiste en que su proyecto no es “un camino de cuatro años”, las derechas parecen atrapadas en una dinámica de improvisación y fragmentación que la aleja de cualquier posibilidad de construir un relato de país.
El
progresismo, con todas sus tensiones internas, ha logrado instalar una narrativa
de transformación
estructural: reformas sociales, transición energética, justicia
redistributiva y una apelación constante a la ciudadanía como sujeto político.
Petro entiende que, aunque la reelección no existe en la Constitución, su
movimiento puede trascender el tiempo presidencial si logra consolidar una
conciencia colectiva. Esa es la apuesta: que el pueblo sostenga el proceso más
allá de la figura del mandatario.
En
contraste, las derechas colombianas viven una crisis de proyecto. Su discurso se reduce a
la oposición coyuntural, a la defensa de privilegios y a la nostalgia por un
orden que ya no conecta con las demandas de las nuevas generaciones. No hay un
horizonte común, sino liderazgos dispersos que se neutralizan entre sí. La
falta de cohesión ideológica y la incapacidad de articular propuestas
alternativas convierten a sus partidos en actores reactivos, más preocupados
por bloquear que por construir.
El resultado es un escenario político donde el progresismo, pese a sus dificultades de combatir con hechos la narrativa de los medios corporativos, aparece como portador de futuro, mientras las derechas se muestran como guardianes de un pasado sin proyecto. En términos de legitimidad, la diferencia es evidente: Petro habla de “madurez política” y de un proceso irreversible; sus opositores, en cambio, se limitan a repetir consignas sin ofrecer un camino claro.
La
conclusión es que Colombia enfrenta una disputa no solo de poder, sino de sentido histórico. El
progresismo propone un relato de continuidad y transformación profundizando las
reformas sociales y democráticas que beneficien sectores olvidados por las
derechas mientras gobernaron.
Esa
derechas están atrapadas en su propia
debilidad, parecen condenadas a la irrelevancia si no logran reinventarse. En
política, la ausencia de proyecto es la antesala de la derrota cultural.