Ecuador bajo Noboa: la guerra que engendra inestabilidad
Un año después de la llegada de Daniel Noboa al poder, Ecuador se ha convertido en el país más inseguro de América Latina. Las calles de Guayaquil, militarizadas y vacías, muestran a vecinos encerrados tras rejas, convertidos en prisioneros de su propio miedo. Las cárceles, hacinadas y enfermas, son el reflejo de un Estado que ha renunciado a garantizar condiciones mínimas de vida. Los hospitales improvisan sin guantes ni medicinas, mientras los apagones y las extorsiones se normalizan como parte del paisaje cotidiano.
La narrativa oficial habla de “conflicto armado interno” y de una guerra contra el crimen. Pero lo que se observa es la militarización de la vida civil, el choque con jueces y organizaciones de derechos humanos, y el uso del aparato estatal para perseguir adversarios políticos. Noboa, heredero de un imperio bananero, reproduce el modelo de concentración de poder y riqueza, disfrazándolo de cruzada por la seguridad.
Los números son elocuentes: 9.216 homicidios en 2025, el año más violento de la historia ecuatoriana. Ni los estados de excepción, ni los toques de queda, ni la presencia militar permanente han contenido una violencia que se expande y muta. La promesa de pacificación se ha convertido en un espejismo, mientras la población vive bajo el peso de la represión y la incertidumbre.
La lógica de Noboa es la del orden impuesto desde arriba, donde la fuerza sustituye al consenso y la militarización reemplaza la justicia social. En lugar de atender las raíces materiales de la crisis —desigualdad, pobreza, exclusión— se opta por la represión. El resultado es un país exhausto, atrapado en un círculo de violencia que beneficia a quienes lucran con el miedo y la inseguridad.
Ecuador no vive una “guerra contra el crimen”, sino una guerra contra su propio pueblo. La inestabilidad no es un accidente: es la consecuencia inevitable de un gobierno que privilegia la defensa de los intereses de las élites y reproduce las condiciones de opresión. Bajo Noboa, la promesa de seguridad se traduce en más sangre, más cárceles y más silencio.