Cuando la soberbia desafía al cielo: «Mene, Mene, Téquel, Parsín» como advertencia para nuestro tiempo
Por. Editson Romero Angulo
Periodista- Investigador y Catequista
Una lectura actual de Daniel 5 sobre el poder, el engaño y la responsabilidad ante Dios
Por: El Humanitario
– “Por las tierras del cóndor”
Hay momentos en la historia en los
que una elección parece ser simplemente una decisión política, pero puede convertirse
también en un espejo moral. El pueblo elige, los candidatos prometen y las
multitudes celebran; sin embargo, detrás de los discursos, las banderas y los
aplausos permanece una pregunta que ninguna urna puede silenciar: ¿qué
ocurre cuando el poder humano comienza a comportarse como si estuviera por
encima de Dios?
El capítulo 5 del libro de Daniel
ofrece una imagen estremecedora. Belsasar celebra un gran banquete mientras
utiliza los vasos sagrados del templo de Jerusalén. En medio de la fiesta
aparece una mano misteriosa que escribe sobre la pared:
Mene, Mene, Téquel,
Parsín.
Daniel interpreta aquellas palabras
como un veredicto: Dios ha contado los días del reino; el rey ha sido pesado en
la balanza y encontrado falto; y su reino será dividido. Esa misma noche,
Belsasar muere y el reino pasa a manos de los medos y los persas.
La escena contiene una poderosa
metáfora para cualquier época: el poder puede llenar los salones de
aplausos, pero no puede borrar la escritura de Dios.
San Jerónimo interpreta el episodio
como un acto de juicio divino: la inscripción no constituye simplemente una
advertencia, sino el anuncio de que el reino ha llegado a su término y que el
gobernante ha sido puesto en la balanza del juicio.
La pared que todavía escribe
Las paredes de nuestros tiempos ya no
son necesariamente las de un palacio. Pueden ser las pantallas de televisión,
las redes sociales, los discursos de campaña, las plazas públicas o las
promesas pronunciadas ante millones de ciudadanos.
Pero la pregunta permanece.
¿Qué está
escribiendo Dios sobre la pared de nuestra época?
La respuesta no debe buscarse en la
adivinación política, sino en la conciencia.
Cuando un dirigente convierte la
mentira en herramienta, la arrogancia en virtud y la manipulación en
estrategia, aparece una peligrosa inversión de valores: el bien comienza a
llamarse mal y el mal empieza a presentarse como virtud.
La Biblia no enseña que todo
gobernante que triunfa electoralmente sea aprobado por Dios, ni que todo
derrotado sea condenado por Él. La elección popular pertenece al ámbito de la
responsabilidad humana. Pero las Escrituras sí recuerdan que ningún
poder está exento del juicio moral.
El voto puede entregar una banda
presidencial.
No puede entregar
una absolución celestial.
Belsasar: cuando la
copa del poder se convierte en copa de soberbia
Belsasar conocía la historia de
Nabucodonosor. Sabía que su antecesor había sido humillado por su soberbia. Sin
embargo, decidió desafiar la memoria y repetir el pecado.
Ahí reside una de las grandes enseñanzas
morales del capítulo.
El problema no era solamente la
fiesta.
El problema era la soberbia
que convirtió lo sagrado en objeto de burla.
Los vasos del templo dejaron de ser
vasos consagrados para convertirse en instrumentos de celebración. Lo santo fue
llevado al banquete y mezclado con el orgullo del poder.
San Juan Crisóstomo insiste en una
enseñanza semejante: el ser humano puede conocer los ejemplos del pasado y, aun
así, negarse a aprender de ellos. La Escritura presenta a Daniel como
instrumento de la revelación divina frente a la insuficiencia de la sabiduría
humana.
Es aquí donde la historia bíblica
puede convertirse en una metáfora de nuestro tiempo.
Hay gobernantes que
pueden ganar una elección y perder el sentido de la verdad.
Pueden conquistar votos y perder el
alma.
Pueden dominar las encuestas y terminar
esclavizados por su propia vanidad.
Pueden levantar una multitud de
seguidores y, sin embargo, encontrarse completamente solos ante la balanza de
Dios.
La elección no
convierte al elegido en dueño de la verdad
Una sociedad puede depositar su
confianza en un hombre o en una mujer. Puede hacerlo mediante una elección
legítima y democrática.
Pero existe una diferencia
fundamental entre ser elegido por los hombres y ser aprobado por Dios.
La primera es una decisión política.
La segunda pertenece al juicio
divino.
Por eso, ningún cristiano debería
transformar una elección en una especie de coronación religiosa. El candidato
vencedor no se convierte automáticamente en representante de Dios, y sus
palabras no adquieren autoridad espiritual por el simple hecho de haber
recibido votos.
La fe cristiana exige discernimiento.
El apóstol Pablo advierte que incluso
puede aparecer quien se presente bajo apariencia religiosa y conduzca a otros
por caminos contrarios a la verdad. La advertencia bíblica no autoriza a señalar
arbitrariamente a una persona como instrumento del mal; sí obliga al creyente a
examinar los frutos, las palabras y las obras.
«Por sus frutos los
conoceréis» (Mateo 7:16).
La metáfora agrícola resulta
contundente: no basta con mirar las hojas del árbol electoral; hay que examinar
sus frutos.
Una trampa que
puede atravesar católicos y protestantes
Existe un peligro particularmente
delicado cuando la política se disfraza de religión.
El candidato puede presentarse ante
los creyentes utilizando palabras que evocan a Dios, la familia, la moral, la
tradición, la libertad o la defensa de la fe.
Entonces puede ocurrir algo semejante
a una lámpara colocada frente a un espejo: la luz parece multiplicarse, pero no
necesariamente ilumina el camino.
Aquí aparece una advertencia
para católicos y protestantes por igual.
Ninguna denominación cristiana
debería entregar su conciencia a un líder político.
Ni la cruz debe convertirse en
instrumento electoral ni la Biblia en propaganda de campaña.
Cuando un político utiliza la fe para
conquistar creyentes, pero después sus actos contradicen los principios que
invocó, el peligro no está únicamente en la política: está en la confusión
espiritual.
El creyente puede terminar
defendiendo al hombre en lugar de defender la verdad.
Puede confundir liderazgo con
mesianismo.
Puede confundir discurso religioso
con conversión.
Y puede terminar siguiendo al
candidato como quien sigue una estrella, sin advertir que algunas estrellas no
conducen a Belén, sino hacia un precipicio.
La gran tentación:
engañar al creyente
Desde una perspectiva cristiana, el
engaño espiritual constituye uno de los peligros más graves.
Pero aquí debe hacerse una distinción
esencial: no corresponde afirmar como hecho que una persona concreta
esté engañando deliberadamente a católicos o protestantes para conducirlos a la
destrucción sin pruebas de esa intención.
La Escritura permite, sin embargo,
construir una advertencia moral.
El peligro existe cuando alguien
utiliza la apariencia de piedad para obtener poder, cuando emplea el lenguaje
de Dios mientras persigue exclusivamente intereses humanos o cuando convierte
la fe de millones en una herramienta de movilización política.
En ese escenario aparece una figura
bíblica poderosa: el lobo vestido de oveja.
La metáfora no acusa judicialmente a
un individuo; advierte sobre una conducta.
Y la advertencia es para todos.
Porque el engaño religioso no siempre
llega vestido de oscuridad.
A veces llega vestido de luz.
San Agustín y las
dos ciudades
San Agustín ofrece una de las grandes
claves para comprender esta tensión cuando contrasta la ciudad terrena con la
Ciudad de Dios.
En La ciudad de Dios,
Babilonia puede ser comprendida como símbolo de la soberbia humana, mientras la
Ciudad de Dios representa una orientación diferente de la existencia: el amor
de Dios por encima del amor desordenado del poder y de uno mismo.
La lección es extraordinariamente
actual.
La política puede construir ciudades.
Puede levantar edificios.
Puede organizar instituciones.
Puede conquistar territorios
electorales.
Puede producir celebridades.
Pero no puede construir el
Reino de Dios mediante propaganda.
La ciudad humana necesita leyes.
La Ciudad de Dios exige conversión.
Y ninguna campaña electoral puede
sustituirla.
«Téquel»: la
balanza que nadie puede manipular
Quizá la palabra más inquietante de
la inscripción sea Téquel.
«Pesado».
La imagen es sencilla y terrible.
Dios coloca al poderoso en una
balanza.
No pesa sus seguidores.
No pesa sus encuestas.
No pesa el tamaño de sus mítines.
No pesa el número de fotografías que
aparecen en los medios.
Pesa su vida.
Pesa sus obras.
Pesa su verdad.
Pesa la justicia.
Pesa la manera como trató al débil.
Pesa lo que hizo con el poder que
recibió.
Pesa aquello que dijo cuando sabía
que nadie podía contradecirlo.
Y, sobre todo, pesa aquello que hizo
cuando creyó que nadie lo estaba mirando.
El poder humano
cuenta votos; Dios pesa corazones.
«Mene»: el tiempo
también tiene límite
La segunda palabra es Mene:
Dios ha contado.
Todo gobierno tiene un comienzo y un
final.
Toda presidencia termina.
Toda mayoría puede cambiar.
Toda popularidad se marchita.
Toda estatua termina cubierta de
polvo.
La historia humana está llena de
hombres que parecían eternos y terminaron convertidos en nombres dentro de los
libros.
Por eso, el creyente no debería
depositar su esperanza absoluta en ningún dirigente.
El político administra un período.
Dios gobierna la
eternidad.
«Parsín»: ningún
reino humano es eterno
Finalmente aparece Parsín,
asociado con la división y la entrega del reino.
La enseñanza patrística relacionada
con Daniel contempla los imperios como realidades pasajeras frente a la
soberanía divina. Hipólito de Roma interpreta las sucesiones imperiales dentro
de una visión providencial de la historia y relaciona las profecías de Daniel
con acontecimientos futuros y con la figura del Anticristo.
No significa que cada acontecimiento
político contemporáneo deba identificarse automáticamente con una profecía
bíblica.
Eso sería irresponsable.
Pero sí significa que todo
poder humano tiene fecha de vencimiento.
Los imperios pasan.
Los presidentes pasan.
Los partidos pasan.
Los movimientos pasan.
Las ideologías pasan.
La Palabra de Dios permanece.
Una advertencia
para católicos y protestantes
El mensaje de Daniel 5 no debería
utilizarse para alimentar una guerra entre cristianos.
Católicos y protestantes pueden tener
diferencias doctrinales profundas, pero comparten una advertencia bíblica
fundamental: Cristo no puede ser sustituido por ningún líder político.
Cuando un cristiano empieza a
defender a un candidato con más pasión que la verdad del Evangelio, algo se ha
desordenado.
Cuando la lealtad partidista pesa más
que la justicia, algo se ha desordenado.
Cuando se perdona al propio líder lo
que se condenaría en el adversario, algo se ha desordenado.
Cuando la fe se convierte en escudo
para justificar cualquier conducta del gobernante preferido, la conciencia
empieza a dormirse.
Y cuando la conciencia duerme, la
mano de Daniel puede estar escribiendo en la pared sin que nadie quiera leer.
La elección que
realmente importa
Existe una elección más profunda que
cualquier elección política.
Es la elección entre la verdad y la
mentira.
Entre la humildad y la soberbia.
Entre la justicia y la conveniencia.
Entre Dios y el ídolo del poder.
El cristianismo no llama al creyente
a convertirse en adorador de gobernantes, sino en servidor de la verdad.
Por eso, el cristiano puede votar.
Puede participar en política.
Puede tener preferencias.
Puede defender ideas.
Puede incluso admirar a un dirigente.
Pero nunca debería entregar a un
político aquello que pertenece exclusivamente a Dios:
su conciencia, su
esperanza y su adoración.
Porque cuando el hombre convierte al
político en salvador, comienza la idolatría.
Y cuando el político acepta el papel
de salvador, comienza la tragedia.
La mano sigue
escribiendo
La historia de Belsasar terminó
aquella noche, pero su advertencia permanece.
La mano que escribió sobre la pared
se convirtió en símbolo de una verdad que atraviesa los siglos: Dios ve
lo que el poder intenta ocultar.
Puede haber aplausos.
Puede haber propaganda.
Puede haber multitudes.
Puede haber discursos religiosos.
Puede haber banderas.
Puede haber victorias electorales.
Pero, al final, permanece la balanza.
Y ante ella no existen partidos,
encuestas ni privilegios.
Solo queda la verdad.
Quizá esa sea la gran lección para
nuestro tiempo: no preguntarnos solamente quién ganó una elección,
sino qué clase de sociedad estamos construyendo con nuestras decisiones.
Porque un pueblo también puede ser
pesado.
Una generación también puede ser
pesada.
Una Iglesia también puede ser pesada.
Y cada creyente, tarde o temprano,
deberá enfrentarse con la pregunta que atraviesa toda la historia bíblica:
¿Qué hiciste con la
verdad que recibiste?
Belsasar creyó que podía convertir
los vasos sagrados en copas de fiesta.
Creyó que podía burlarse de lo santo.
Creyó que el poder lo protegía.
Pero aquella noche descubrió que
ningún palacio es suficientemente alto para escapar de la mirada de Dios.
Hoy la pared sigue allí.
Y la inscripción continúa siendo la
misma:
MENE. MENE. TÉQUEL.
PARSÍN.
El tiempo está contado.
La vida es pesada.
El poder pasa.
Y Dios permanece.
Glosario
Alegoría: Forma de
expresión mediante la cual una realidad se representa simbólicamente mediante
personajes, acontecimientos o imágenes.
Babilonia: En la
tradición bíblica puede representar tanto una realidad histórica como una
imagen de soberbia, poder humano y oposición a Dios.
Belsasar: Rey de
Babilonia mencionado especialmente en Daniel 5, protagonista del banquete en el
que aparecen las palabras «Mene, Mene, Téquel, Parsín».
Ciudad de Dios: Concepto
desarrollado especialmente por san Agustín para representar la comunidad
orientada hacia Dios, en contraste con la ciudad terrena dominada por el amor
desordenado de sí misma.
Daniel: Profeta
bíblico presentado como intérprete de los misterios y como servidor fiel de
Dios en medio del poder babilónico.
Discernimiento: Capacidad
espiritual y moral para distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre el bien
y el mal.
Idolatría: Adoración o
entrega absoluta a algo o alguien distinto de Dios. En sentido moral puede
aplicarse también a la absolutización del poder humano.
Mene: Primera
palabra de la inscripción de Daniel 5. Se relaciona con la idea de contar o
determinar los días del reino.
Parsín: Término de
Daniel 5 relacionado con la división del reino.
Patrística: Estudio del
pensamiento, las enseñanzas y los escritos de los Padres de la Iglesia.
Téquel: Palabra de
Daniel 5 relacionada con la acción de pesar; expresa la imagen del juicio
mediante una balanza.
Soberbia: Exaltación
desordenada de uno mismo que lleva a desconocer los propios límites y la
dependencia de Dios.
Profanación: Tratamiento
irrespetuoso de aquello considerado sagrado.
Providencia: En la
teología cristiana, acción mediante la cual Dios sostiene y conduce la creación
y la historia conforme a su voluntad.
Bibliografía
Agustín de Hipona. (s. f.). La
ciudad de Dios (Libros XVI y XVIII). New Advent.
Jerónimo. (1958). Commentary
on Daniel (G. L. Archer, Trad.). Baker Book House.
Juan Crisóstomo. (s. f.). Homilies
on the Gospel of John. New Advent.
Juan Crisóstomo. (s. f.). Homilies
on Philippians. New Advent.
Hipólito de Roma. (s. f.). Exegetical
fragments: On Daniel. New Advent.
Hipólito de Roma. (s. f.). On
the end of the world. New Advent.
La Santa Biblia. (s. f.). Daniel
5.
Referencias
digitales complementarias
Enduring Word. (s. f.). Comentario
bíblico de Daniel 5.
New Advent. (s. f.). Church
Fathers.