Redacción. EL HUMANITARIO
Caracas, Venezuela. Las calles huelen a polvo y miedo. El aire está cargado de un silencio extraño, interrumpido por los gritos de auxilio y el sonido metálico de las sirenas. Caminando entre los escombros, la ciudad parece haber sido devorada por un monstruo invisible.
“Sentí que el suelo se abría bajo mis
pies”, dice María
González, una madre que sostiene a su hijo en brazos, con la mirada
perdida. “Las paredes se vinieron abajo y corrimos sin saber a dónde. Todo se
derrumbaba, todo…”.
A pocos metros, un grupo de jóvenes intenta
levantar bloques de cemento con las manos desnudas. Uno de ellos, José Ramírez, con el
rostro cubierto de polvo, murmura: “No hay tiempo para esperar máquinas, aquí
debajo hay gente viva. Escuchamos sus golpes, sus voces”.
Los hospitales improvisan salas en los
pasillos. Médicos exhaustos atienden a los heridos con lo poco que queda. Una
enfermera, con lágrimas en los ojos, confiesa: “No tenemos suficiente agua, ni
electricidad. Pero seguimos, porque si paramos, ellos mueren”.
La ciudad se ha convertido en un mosaico de
escenas desgarradoras:
·
Niños buscando a sus padres entre montañas de ladrillos.·
Ancianos sentados en la acera, con la
mirada fija en lo que antes fue su hogar.
·
Brigadas de rescate que avanzan con
linternas, mientras la noche amenaza con cubrirlo todo.
En cada esquina, el mismo murmullo: “¿Cuántos más faltan? ¿Cuántos más bajo los
escombros?”.
La crónica de este periodista no es solo
relato: es testimonio de un país que tiembla, que sangra, pero que aún resiste.
Porque entre el polvo y el llanto, también se escucha la voz firme de quienes
no se rinden: “Seguiremos buscando, aunque la tierra vuelva a rugir”.