LECTURA Y RELECTURA DE LUIS TEJADA El cronista que encontró poesía donde los demás apenas veían la vida

Por. Editson Romero Angulo
Periodista e Investigador Social



Resumen

Volver a Luis Tejada Cano es volver a una Colombia que todavía olía a provincia, a tinta fresca y a calles donde la modernidad comenzaba a hacer ruido. Es regresar a un país que aprendía lentamente a convivir con el automóvil, la ciudad, la industria, las nuevas ideas y, al mismo tiempo, seguía aferrado a sus viejas solemnidades.

Tejada murió en Girardot el 17 de septiembre de 1924, cuando apenas había cumplido veintiséis años. Había nacido en Barbosa, Antioquia, el 7 de febrero de 1898. En una vida breve dejó, sin embargo, una obra que modificó la manera de mirar y escribir la realidad colombiana.

Este ensayo propone una lectura y relectura de su obra desde una perspectiva literario-periodística. Más que reconstruir únicamente su biografía, interesa seguir las huellas de su mirada: la ironía, el humor, la poesía de las cosas pequeñas, la crítica de las solemnidades sociales, la fascinación por la ciudad y el movimiento, y esa particular capacidad de convertir una escena aparentemente insignificante en una pregunta sobre la existencia.

Palabras clave: Luis Tejada Cano, crónica, periodismo literario, literatura colombiana, poesía, modernidad, ironía, ocio, cotidianidad, vanguardia, crítica social, Los Nuevos, periodismo colombiano.

 

1. Volver a Tejada

 

Hay escritores que se leen. Hay escritores que se vuelven a leer. Y hay unos pocos que, al regresar a ellos después de los años, parecen estar esperándonos en otra esquina, con un periódico bajo el brazo y una observación que no habíamos entendido la primera vez. Luis Tejada pertenece a estos últimos.

Murió un 17 de septiembre, en Girardot, a orillas del Magdalena. Tenía apenas veintiséis años. La vida le había concedido muy poco tiempo, pero la literatura suele tener sus propias formas de medir la existencia. Hay quienes viven largamente sin dejar una página memorable y hay quienes, como Tejada, alcanzan a convertir unos cuantos años en una pequeña eternidad de tinta.

La Biblioteca Luis Ángel Arango lo registra como cronista, periodista y político, y señala que su primera crónica apareció en El Espectador el 7 de septiembre de 1917. Desde entonces comenzó a construir una obra que registraría, con una mirada particularmente moderna, las contradicciones de la transformación colombiana.

Juan Manuel Roca lo llamó, en el texto que sirve de punto de partida para esta relectura, “el más cronista de los poetas” y “el más poeta de sus cronistas”. Luis Vidales, compañero de aventuras intelectuales, lo había llamado “un poeta del periodismo”. No son elogios gratuitos.

En Tejada el periódico parece quedarse corto para contener al escritor y la literatura demasiado estrecha para encerrar al periodista.

Su territorio fue otro.

Fue la calle.

Fue la conversación.

Fue el café.

Fue la ciudad.

Fue el objeto humilde.

Fue ese rincón de la realidad que nadie consideraba digno de convertirse en literatura. Y precisamente allí instaló su mesa de trabajo.

 

2. El país que Tejada encontró

 

Tejada nació en 1898, cuando Colombia todavía estaba profundamente marcada por la sociedad rural, la tradición política y el peso de las instituciones heredadas del siglo XIX.

Cuando murió en 1924, el país empezaba a cambiar aceleradamente. Entre un momento y otro se había abierto una grieta.

Por esa grieta entraron la ciudad moderna, los automóviles, las fábricas, los periódicos, las nuevas corrientes políticas y las vanguardias estéticas.

La Enciclopedia del Banco de la República señala que Tejada registró precisamente ese proceso de modernización: el crecimiento urbano, el desarrollo industrial y las novedades tecnológicas, pero también sus contradicciones.

Y allí aparece una de las claves de su obra.

 

Tejada no contempló la modernidad desde un balcón académico.

La salió a buscar.

La escuchó en las bocinas de los automóviles.

La vio en las calles.

La encontró en los objetos de hierro y acero.

La persiguió entre los transeúntes.

La descubrió, incluso, en el ruido.

 

Era como si el país hubiera comenzado a cambiar de respiración y Tejada hubiera decidido ponerle el oído en el pecho. 

3. La revolución de las cosas pequeñas

 Tal vez la gran revolución de Tejada haya sido una revolución de escala. Los grandes discursos hablaban de grandes asuntos. Él prefería las cosas pequeñas. Y no porque carecieran de importancia, sino porque sospechaba que muchas veces la historia se esconde precisamente allí donde nadie está mirando.

 

Un sombrero.

Una calle.

Un automóvil.

Una bailarina.

Una conversación.

Una zanahoria.

Un ataúd abandonado bajo la lluvia.

Lo cotidiano deja entonces de ser insignificante.

Se vuelve revelador.                

La Universidad de Antioquia ha destacado que Tejada desarrolló un estilo capaz de incorporar elementos literarios y filosóficos a sus crónicas y que utilizó la paradoja y las reflexiones breves para llevar la realidad cotidiana hacia terrenos de introspección y análisis.

Esa es una de las razones por las cuales su escritura sigue respirando.

Tejada no necesitaba un acontecimiento gigantesco para escribir una gran crónica. Le bastaba un detalle. El detalle era su lupa.





 4. La zanahoria contra la solemnidad

Hay una imagen particularmente hermosa atribuida a Tejada y recuperada por Juan Manuel Roca: los poetas, según el cronista, comenzaban a descubrir no solamente el valor poético de la rosa, sino también el de la zanahoria. Parece una broma. No lo es. Es toda una teoría de la literatura.

La rosa había sido coronada por siglos de tradición estética. La zanahoria, en cambio, estaba en el mercado. Era humilde. Terrestre. Anónima.

No tenía perfume de salón ni pretensiones de florero. Pero Tejada comprendió que la poesía no depende del prestigio del objeto. Depende de la mirada. Eso modifica radicalmente la relación entre el escritor y el mundo.

Si una zanahoria puede contener poesía, entonces también puede contenerla una calle embarrada, un obrero, una vendedora de hierbas, un automóvil, una conversación de café o una ciudad que todavía no sabe muy bien qué quiere ser. La poesía baja del pedestal. Se ensucia los zapatos. Y sale a caminar.

 

5. Un poeta con oficio de periodista

 

La expresión “poeta del periodismo” resulta especialmente apropiada para Tejada porque su escritura posee algo que no siempre se encuentra en la prosa periodística: ritmo. Sus crónicas parecen avanzar con respiración propia. No corren detrás del acontecimiento. Lo rodean. Lo miran. Lo interrogan. Lo vuelven a mirar. Y cuando parece que solamente está contando una anécdota, aparece de pronto una idea que abre la escena y la convierte en otra cosa.

Ese procedimiento explica por qué su obra ha sido considerada fundamental dentro de la renovación de la crónica colombiana. El Ministerio de las Culturas ha destacado justamente la convergencia en Tejada entre vanguardia, libertad, poesía, crítica social y periodismo.

No es exagerado decir que Tejada ayudó a que la crónica dejara de ser únicamente una pieza informativa y se convirtiera también en una forma de pensamiento. El cronista no solamente dice: “Esto ocurrió”. Pregunta: “¿Qué significa que esto ocurra?” Y esa segunda pregunta es donde empieza la literatura.

6. El ocio como forma de mirar

 

Hay en Tejada una reivindicación del ocio que merece ser tomada en serio. En una sociedad obsesionada con producir, el hombre que se detiene parece sospechoso. ¿Está haciendo algo? - ¿Está trabajando? - ¿Está siendo útil? Tejada parece responder con una sonrisa: está mirando. Y mirar puede ser un oficio. Quizás uno de los más difíciles. 

El ocio, entendido de esta manera, no es vacío. Es distancia frente al ruido. Es tiempo para que una idea aparezca. Es posibilidad de contemplar aquello que la velocidad destruye.

Por eso el ocio tejadiano puede leerse como una pequeña insurrección contra la productividad entendida como único criterio de valor humano.

El que camina sin prisa descubre cosas que el que corre jamás verá. La ciudad tiene secretos para quienes saben detenerse.

7. La ironía como aguja

Tejada no golpea siempre con el martillo. Muchas veces prefiere la aguja. Pincha.

Sonríe. Y deja que el lector descubra la herida. Su ironía funciona de esa manera. No necesita gritar contra la solemnidad. Le basta con mostrarla. Una sociedad demasiado seria puede quedar desnuda cuando alguien introduce una pregunta sencilla. Una costumbre puede parecer absurda cuando se la observa desde otro ángulo.

Una institución puede perder su monumentalidad cuando el cronista la mira desde la calle. Por eso su humor no es decoración. Es método. La risa se convierte en una forma de conocimiento.

 

8. El hombre que miró la modernidad de frente

La modernidad de Tejada no consiste únicamente en que escribiera sobre automóviles, ciudades o nuevas tecnologías. Es más profunda.

Consiste en su disposición a desconfiar de las respuestas heredadas. La Enciclopedia del Banco de la República señala que su perspectiva sobre lo rural y lo urbano se apartó de la visión señorial y provinciana dominante en ciertos escritores de su tiempo. La ciudad aparecía para él como espacio de variedad, movimiento y nuevas experiencias.

Tejada comprendió que el mundo estaba cambiando. Pero tampoco convirtió el progreso en una religión. Lo observó con curiosidad y con sospecha. Ese matiz es importante. El cronista moderno no es el propagandista de la novedad. Es quien pregunta qué hace la novedad con nosotros.

9. El cronista frente a la sociedad

La escritura de Tejada no puede separarse de sus preocupaciones políticas y sociales. Su mirada sobre el país estaba atravesada por las desigualdades, las relaciones laborales, las nuevas ideas políticas y el conflicto entre tradición y transformación. Pero su literatura no se reduce a una consigna. Ahí está precisamente su fuerza. No escribe como quien pega un cartel en una pared.

Escribe como quien conversa. Como quien observa una escena y, casi distraídamente, descubre detrás de ella una estructura social.

 La Universidad de Antioquia señala que sus crónicas permiten seguir las transformaciones culturales de Colombia durante la transición hacia la modernidad. La Nueva antología de Luis Tejada, editada por Gilberto Loaiza Cano, recuperó además textos tempranos que permiten observar la evolución de sus temas y de su escritura. La crónica, entonces, se convierte en documento. Pero no deja de ser literatura.

 

10. La muerte a orillas del Magdalena

 

Hay algo profundamente literario —aunque dolorosamente real— en el destino final de Tejada. El hombre que había hecho de la ciudad, de la calle y de la vida cotidiana una materia de escritura terminó sus días en Girardot. Tenía veintiséis años. Murió el 17 de septiembre de 1924. La Universidad de Antioquia registra la tuberculosis como causa de su muerte.

La muerte interrumpió una trayectoria que apenas comenzaba a alcanzar madurez. Pero hay que cuidarse de convertir esa muerte temprana en toda su leyenda. Tejada no es importante solamente porque murió joven. Es importante porque escribió de una manera que consiguió sobrevivirle. Su vida fue breve. Su mirada no.

 

11. Releerlo hoy

 ¿Qué queda de Tejada? Queda una pregunta. ¿Qué estamos dejando de mirar?

En una época de pantallas, titulares instantáneos, imágenes que desaparecen en segundos y noticias que son reemplazadas antes de haber sido comprendidas, Tejada puede parecer extrañamente contemporáneo. No porque predijera nuestro tiempo. Sino porque nos recuerda algo que nuestro tiempo parece olvidar con frecuencia: mirar también es pensar. El periodismo necesita información, pero también necesita mirada.  Necesita datos, pero también contexto. Necesita actualidad, pero también memoria. Y necesita, de vez en cuando, un escritor capaz de detenerse frente a una cosa insignificante y decirnos: “Espere. Mire esto” .Ahí comienza la crónica.

 

12. Tejada, una conversación que no termina

 Volver a Luis Tejada es conversar con un hombre que murió hace más de un siglo y que, sin embargo, parece seguir caminando por nuestras calles. Lo encontramos en el ruido de los automóviles. En la ciudad que crece. En el trabajador que vuelve a casa. En la mujer que vende sus hierbas. En el objeto que nadie mira. En la noticia que todos leen y pocos comprenden. En la risa que desarma una solemnidad. En la poesía escondida detrás de las cosas comunes. 

La Editorial Universidad de Antioquia ha descrito su obra como una escritura dotada de belleza, amenidad y talento narrativo, capaz de funcionar simultáneamente como testimonio de las transformaciones culturales colombianas.

Quizás esa sea la mejor manera de explicar su permanencia. Tejada no nos dejó únicamente crónicas. Nos dejó una forma de mirar. Y una forma de mirar puede ser más perdurable que una fecha, un monumento o una estatua. Porque los monumentos envejecen. Las estatuas se cubren de polvo. Los periódicos amarillean. Pero una mirada verdaderamente literaria puede atravesar los años. Tejada murió en 1924. La crónica, en cambio, todavía está caminando. Y lleva su nombre.

 

 

Glosario

 

Crónica: relato periodístico que combina información, narración, observación e interpretación.

Crónica literaria: modalidad de la crónica en la que el lenguaje, el ritmo, las imágenes y la construcción narrativa adquieren una importancia central.

Cotidianidad: aquello que pertenece a la experiencia diaria y aparentemente ordinaria.

Ironía: recurso expresivo que establece una distancia entre lo que se dice literalmente y el sentido que se quiere producir.

Modernidad: proceso histórico de transformación social, cultural, económica, tecnológica y política que modificó las formas tradicionales de vida.

Vanguardia: actitud estética e intelectual que busca romper con modelos artísticos y culturales establecidos.

Ocio: tiempo no sometido directamente a la obligación productiva; en Tejada puede entenderse también como espacio para observar, pensar y crear.

Periodismo literario: forma de periodismo que utiliza procedimientos narrativos y estilísticos propios de la literatura manteniendo su vínculo con la realidad.

Relectura: nueva aproximación a una obra desde las preguntas y circunstancias de otro momento histórico.

Cotidianización de la poesía: reconocimiento de valor estético en objetos, personas y situaciones ordinarias.

 

Bibliografía

Galán Casanova, J. (1993). Luis Tejada: crítica crónica. Boletín Cultural y

Bibliográfico, 30(33), 41–75. Biblioteca Luis Ángel Arango.

Loaiza Cano, G. (Ed.). (2019). Nueva antología de Luis Tejada. Editorial Universidad de Antioquia.

Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. (2024, 23 de septiembre). Tras cien años de su muerte, la obra del cronista Luis Tejada Cano sigue vigente.

Tejada Cano, L. (1924). Libro de crónicas.

Tejada Cano, L. (1977). Gotas de tinta. Colcultura.

Tejada Cano, L. (1989). Mesa de redacción.

 

 


 

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